Opinión

Lecciones para hacer amigos

hoy existen cursos, talleres y programas diseñados específicamente para aprender a hacer amigos
29 de enero de 2026
Opinión.- Puede sonar extraño e incluso inquietante, pero es un hecho: hoy existen cursos, talleres y programas diseñados específicamente para aprender a hacer amigos. Los hay en plataformas digitales, en consultas de psicología, en centros comunitarios, en universidades, en empresas, e incluso, en formato de clases grupales presenciales. Se anuncian como entrenamientos en habilidades sociales, comunicación interpersonal o construcción de vínculos, y cada vez tienen más demanda.

La reacción inicial suele ser de desconcierto. ¿Desde cuándo hay que aprender a hacer amigos? ¿No debería ser algo espontáneo, casi instintivo? Sin embargo, la pregunta quizá esté mal formulada. Lo verdaderamente revelador no es que existan estas clases, sino que resulten necesarias, lo que nos habla de una transformación profunda en las condiciones sociales: antes era posible la amistad sin manuales.

Durante buena parte de la historia, las amistades surgían en contextos de convivencia sostenida: barrios estables, familias extensas, trabajos compartidos, rituales comunes, espacios donde el contacto era frecuente y no requería iniciativa constante. La socialización se producía entre personas que tenían elementos afines. Hoy, en cambio, la vida adulta transcurre en entornos fragmentados, móviles y altamente individualizados. Cambiamos de ciudad, de trabajo, de círculos; pasamos largas horas solos; la interacción suele llevarse a cabo más a través de pantallas que por contacto directo.
Esto resulta importante porque gran parte de la comunicación se lleva a cabo a través de códigos no verbales que quedan suprimidos en entornos digitales. Muchas relaciones que resultan exitosas a distancia, basadas en la comunidad de intereses y valores, pueden fracasar cuando se someten a la prueba de la realidad física.

Otro factor clave es la cultura del rendimiento y la autosuficiencia. Se nos educa para ser competentes, productivos, autónomos, para no depender y no molestar. La vulnerabilidad —condición necesaria para la amistad— queda relegada, o incluso penalizada. No es casual que muchas personas sepan desenvolverse profesionalmente y, al mismo tiempo, no sepan cómo iniciar o sostener un vínculo cercano.

Según una encuesta realizada por el Joint Research Centre de la Comisión Europea (2022), un 13 % de los adultos en la UE declara sentirse solo la mayor parte del tiempo, y más de un tercio experimenta soledad, al menos, ocasionalmente, incluso manteniendo contacto digital frecuente. Estas cifras no describen solo experiencias individuales, sino transformaciones en la organización del trabajo, el tiempo y la vida social que erosionan las condiciones cotidianas para que pueda surgir espontáneamente la amistad.

En paralelo, se ha extendido una pedagogía del autocuidado defensivo. Se habla mucho de protegerse, de poner límites, de retirarse ante lo incómodo. Mucho menos de cuidado mutuo, de reparación de los vínculos, de paciencia relacional. Aprendemos a evitar el conflicto, pero no a atravesarlo juntos. El resultado es una paradoja: cuanto más se nos invita a no implicarnos, más difícil se vuelve construir relaciones y más necesarias parecen luego las clases para aprender a hacerlo.

Vistas así, estas formaciones constituyen herramientas que responden a una carencia colectiva, prótesis sociales en un mundo que ha debilitado los espacios naturales de encuentro. No introducen nuevas habilidades: procuran restaurar las que hemos perdido.

linda.dambrosiom@gmail.com
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VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Editoría de Notitarde