La voz del Señor es suave. No nos obliga, no nos grita, tampoco tumba nuestra puerta. El Señor es gentil. No nos doblega ni nos amenaza. Pero siempre está allí, llamando a nuestra puerta. Somos libres de abrirle o no, de responderle o no. El llamado es para seguirle a Él. Puede ser en la vida de familia, en la religiosa o en el celibato.
“Ven y sígueme”, les dijeron a sus primeros discípulos. “Ven y sígueme”, nos dice a cada uno de nosotros también. Y seguirle a Él implica muchas veces ir contra la corriente, ir contra lo que el mundo nos propone. Seguirle a Él es imitarlo.
Y, ¿qué hace Jesús? Él nos lo ha dicho: “He bajado del cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado”, (Jn. 6, 38). Seguirlo es buscar la voluntad de Dios. Es hacer y ser como Dios quiere y no como yo quiero.
Creemos que por ser católicos bautizados tenemos asegurada la salvación. Y ciertamente dentro de la Iglesia tenemos muchas ventajas. Pero no basta.
No basta decir yo creo en Dios; no es suficiente. Creer en Dios implica cumplir su voluntad.
Podríamos quedar fuera si no nos dejamos iluminar por esa “gran luz”. "El Señor es mi luz y mi salvación. Lo único que pido, lo único que busco es vivir en la casa del Señor toda mi vida" (Sal. 26).
Y para vivir en la casa del Señor eternamente es necesario, aquí en la tierra, vivir en su voluntad siempre y en todo momento. Que así sea.
¿Cuál es la Voluntad de Dios?
http://www.buenanueva.net/salvacion/7_5_8cSaber-voluntario.html