Desde las barricadas estudiantiles de los años 70 hasta el despacho del Ministerio Público, la trayectoria de Saab no es solo política, sino una búsqueda ontológica muy personal que funde en un origen inspirador la estética de la Beat Generation con la necesidad férrea de la dignidad del Estado. En un momento en que la agresión externa intenta cortar los lazos más sagrados de la República —llegando hasta el brutal secuestro del Presidente Maduro y de la diputada Cilia Flores, su esposa, el pasado 3 de enero— la voz de Saab se eleva para proteger el alma de un proyecto que el imperialismo querría mudo. Su obra se configura como una antropología del fuego, del romance y del sentimiento humano, donde la revolución se hace prosa necesaria para que la vida pueda seguir siendo poesía.
“Me miro en la corteza de un árbol/reconozco mis cicatrices allí fuera/ también dentro, dentro donde vive el horror/ Me digo: «No importa, existo y ando/alterando ciertas aguas inmóviles,/sé desaparecer»//”.
Así escribe en el poema titulado Mudanza ( Los Ríos de la Ira 1987 ) en el que no resuena el estrépito sordo de una caída, ni el lamento de una derrota, sino el latido de un origen que se regenera a través de la acción. La urgencia poética y la del compromiso impulsan a Saab a dictar los versos, escritos de golpe durante un viaje a Pakistán realizado, por invitación del Comandante Fidel Castro, tras el terremoto de noviembre de 2005. De ello resulta el libro Los Niños del Infortunio, publicado en 2006, que muestra una mirada impregnada de una ternura cruda, casi pasoliniana, en la que el poeta documenta la sacralidad del dolor social.
Para Saab, incansable defensor de los derechos humanos, la ley, si no se hace escudo para el "pequeño" y el marginado, permanece como pura abstracción opresiva. Su estética, en verso libre, dotada de un singular ritmo interior y catalogada por los críticos literarios como "postmodernista" capaz de indagar en la sombra desafiando la moral de la indiferencia burguesa, compone un “mapa de heridas” nacionales que hoy, bajo el fuego de la agresión militar actual, aparecen como cicatrices de una lucha nunca interrumpida por la supervivencia de su pueblo tal como lo recrea en estos versos de su más reciente libro Un Tren Vijaa al Cielo de la Medianoche : «caminando/caminando/caminando/con la fuerza de los nómadas».
Versos en los que -estudia el gran poeta Luis Alberto Crespo comentando La casa triste de los cielos– se identifica «la búsqueda de una tierra prometida, la única a la que aspira Tarek William Saab: la síntesis del poeta y del justiciero».
Para Saab, que se mueve entre el misticismo de sus raíces libanesas, ser un "intelectual orgánico" hoy significa defender el ritmo de la democracia popular venezolana contra las sanciones y las bombas, transformando la lírica en una trinchera de dignidad. Permanecer fiel al sueño originario incluso cuando la tempestad imperialista azota las instituciones republicanas.
En sus versos más plenos se alcanza una claridad universal, casi metafísica. Ya no está el grito de la revuelta inmediata, sino la firmeza de la roca que resiste las mareas de la historia. Versos que cantan la resiliencia y el derecho a la memoria, un homenaje a los maestros caídos y a los paisajes que han forjado su visión del mundo. El poeta mira más allá del asedio y ve la continuidad de la lucha por el socialismo como único destino. La tensión entre el cantor de los últimos y el Fiscal que, como un moderno Saint-Just, el arcángel de la Revolución que escribía versos entre un decreto y otro, debe garantizar el orden en una nación bajo asedio, es la piedra angular de toda su producción.
Saab ha transformado la palabra en un bisturí preciso, destinado a extirpar el cáncer de la traición. Su trabajo es el laboratorio donde se intenta una síntesis audaz entre la defensa de la nación y la legalidad revolucionaria. Su obra nos recuerda, sin embargo, también que no existe verdadera revolución que no sea una revolución del lenguaje y de la sensibilidad.
Su figura rompe el esquema del funcionario gris: es un intelectual muscular, tatuado por los versos y por la historia, que ve en el socialismo bolivariano la única métrica posible para una América Latina libre de toda tutela colonial. No se puede, de hecho, comprender plenamente la estatura de Saab sin ponerlo en diálogo con la gran tradición de los poetas militantes latinoamericanos. Su figura evoca inevitablemente la de Roque Dalton, el poeta-guerrillero salvadoreño que veía en la poesía no un adorno, sino "pan para todos". Si Dalton teorizaba la "poesía como arma" en las selvas de Centroamérica, Saab la declina en los tribunales de justicia y en los foros internacionales.
Ambos comparten la idea de que el intelectual no puede permanecer neutral ante la injusticia: la palabra debe hacerse carne y, si es necesario, coraza. Al igual que para Dalton, para Saab la escritura es un acto de "fidelidad a su propia clase y a su propia tierra". Esta genealogía del "verbo armado" se vincula también con José Martí, quien nunca separó el verso de la acción liberadora, y con Roque Vallejo, en una síntesis que ve la belleza como un derecho inalienable de los pueblos oprimidos.
Sobre Tarek William Saab, multipremiado en su patria y en el extranjero, han escrito grandes políticos y grandes poetas. Leer sus versos hoy significa recoger la invitación a permanecer firmes en la tempestad, a medir la luz con el coraje y a reconocer que la única patria posible es aquella en la que se ha permanecido leal al propio pueblo y a sus sueños de independencia. En esta hora crucial, su lírica es el escudo de un país en camino que ha decidido no ser nunca más esclavo.