Cita con la Historia: 1936. Cuando ya no está el tirano
Valencia fue una de las ciudades más oprimidas y pisoteadas por la dictadura, por lo que al saberse la muerte del tirano la gente se tiró a la calle a protestar y a saquear a los enchufados del régimen
Opinión.- En días como estos de enero, pero de 1936 toda Venezuela, y especialmente Valencia, se encontraban todavía incrédulos y convulsionados: el dictador Juan Vicente Gómez ya no estaba, había muerto. El régimen de terror ya no existía. Se empezaba a respirar aires de libertad. La sociedad toda se desahogaba después de casi treinta años de opresión y abusos y la ira popular se desató en contra de todo aquel que hubiera formado parte de la dictadura y sus familiares.
El sabio presidente Eleazar López Contreras pidió a los parientes del dictador y a los diversos “enchufados” de la tiranía gomecista que, por su bien, abandonaran el país. Entre finales de diciembre y principios de enero, ni cortos ni perezosos, hijos, hermanas y primos de Juan Vicente Gómez abandonaron por mar, tierra y aire el territorio venezolano, especialmente cuando empezaron a ver que la furia de la gente saqueaba las suntuosas mansiones de los adláteres de la dictadura fenecida. Emilia Gómez, hermana del tirano, saltó una pared para huir de la gente y al caer se rompió un brazo, pero fue protegida por unos amigos. Gonzalo Gómez Bello, hijo del dictador, huyó a Estados Unidos con varias maletas llenas de billetes, joyas y oro. Al poco tiempo se volvió loco por una bailarina de 16 años, con quien se casó. La fiesta de matrimonio costó un millón de dólares. A la semana siguiente la jovencita lo abandonó. Vicencio Pérez Soto, que había sido presidente de varios estados huyó en su lujoso yate hacia Trinidad. Uno de los aviones que llevaba a unos gomecistas que huían cayó cerca de la frontera con Colombia, pero los pasajeros se salvaron. Eustoquio Gómez, primo de Juan Vicente y gobernador de Lara no huyó. Con su escolta fue a Caracas. La gente cuando lo vio entrar al despacho del gobernador incendió los dos o tres carros de su comitiva. Eustoquio se violentó y trató de sacar su arma y le pegaron dos tiros. Los escoltas viendo a su jefe muerto y a la gente enardecida, salieron corriendo. Los más crueles esbirros cuando se vieron sin amparo del poder se convirtieron en corderitos.
Valencia fue una de las ciudades más oprimidas y pisoteadas por la dictadura, por lo que al saberse la muerte del tirano la gente se tiró a la calle a protestar y a saquear a los enchufados del régimen. En Camoruco (hoy av. Bolívar) tenía un palacete Roberto, un hermano del gobernador Santos Matute Gómez. Todavía existe y era lo que en años pasados se llamaba Hotel 400. Fue totalmente saqueado por la multitud. Gran cantidad de casas y comercios de Ramón Ramos, quien había sido también gobernador de Carabobo fueron saqueadas. El rematador (encargado) del aseo urbano, un sujeto conocido como “cara de sapo”, el coronel Gregorio Angulo, célebre por “matraquear” a comerciantes amenazándolos con la policía tenía varias casas alquiladas, las cuales fueron destruidas, previo permiso a los inquilinos para que retiraran sus enseres y muebles. Angulo y Ezequiel Vegas, comandantes de la policía abandonaron apresuradamente la ciudad antes de que la gente les cobrara tantas afrentas y les incendiaran, a ambos, sus casas.
Santos Matute Gómez, primo hermano de Juan Vicente, se había hecho rico con incontables negocios turbios y extorsiones. Tenía el monopolio de los prostíbulos de la ciudad, que eran tres: el “Dancing” en el Morro de San Blas, el “Perro Rojo” en San Blas y “El Gato Azul” en Candelaria, donde las infelices mujeres que laboraban allí estaban prácticamente secuestradas, muchas de ellas menores de edad. Al saberse que Matute Gómez ya no regresaría a Valencia, las mujeres rompieron las puertas y salieron a la calle y, junto con el populacho, saquearon e incendiaron los lenocinios.
En aquella pequeña Valencia de 1936 fueron saqueadas e incendiadas unas sesenta casas.
La situación casi se salía de control. Una turba trató de asaltar la cárcel de Valencia y los guardias hicieron unos tiros. Dos inocentes que estaban asomados en las ventanas de sus casas murieron: María Dinorah Vizcarrondo y Agustín Codecido. Fueron las únicas víctimas que lamentar en Valencia.
@luishmedinac