Opinión
Linda D´Ambrosio: ¿Usted sabe dónde está Annobón?
Annobón es una isla que no se puede visitar. Nadie puede llegar a ella sin el permiso del régimen de Teodoro Obiang
6 de enero de 2026
Opinión.- ¿Usted sabe dónde está Annobón? No me refiero al punto exacto en el mapa, a esa pequeña mancha volcánica perdida en medio del Atlántico que casi nadie sabría señalar. Pregunto si sabe dónde está de verdad: en qué memoria, en qué cuerpo, en qué exilio. Annobón está hoy en Madrid, en Fuenlabrada, en bares de barrio donde los fines de semana un grupo de hombres y mujeres se sientan a hablar de independencia mientras afuera cae el frío y adentro se les enfría la vida.

Annobón es una isla que no se puede visitar. Nadie puede llegar a ella sin el permiso del régimen de Teodoro Obiang. Por eso ya no es un territorio: es una quimera. Una entelequia hecha de recuerdos, de relatos heredados, de un mar que ya no se ve pero que sigue latiendo en la cabeza.

En La isla, el documental dirigido por John Petrizzelli y Karlos Alastruey, ese mar aparece filtrado por la luz azul de un acuario, falso, domesticado, casi cruel. No es el mar de la infancia ni el del regreso soñado. Es el mar que se mira desde la cárcel del exilio.

Esa prohibición de acceder a Annobón fue, paradójicamente, el corazón del proyecto: la isla no estaría en el mapa, sino en la memoria; no en la geografía, sino en el deseo. Annobón sería filmada a través de quienes la habían perdido.

Petrizzelli nunca fue a Annobón. No pudo. Entró a la isla a través de sus habitantes, de su nostalgia, de su obstinación. Leyó una nota de prensa —breve, casi insignificante— sobre un gobierno formado en el exilio. Algo le golpeó: eran obreros, migrantes, gente pobre organizándose contra el olvido. Y entonces empezó a mirar. A escuchar. A acompañar. A filmar cuando se podía. Entró en su mundo escuchando cómo vivían: el frío del invierno, el trabajo precario, el matadero, el reparto de pedidos, los barrios duros. Filmó cuando se podía, cuando la vida dejaba un resquicio.

La patria, mientras tanto, se sueña en los ratos libres, los fines de semana, en bares de Fuenlabrada o en cualquier lugar donde puedan reunirse. Los annoboneses hablan de independencia como quien habla de algo íntimo, frágil, pero irrenunciable.

Lo que muestra La isla no es sólo la dureza material del exilio, sino algo más incómodo: la soledad política. Annobón lucha casi sola contra el mundo. Los intereses económicos pesan más que los derechos humanos y el silencio internacional se vuelve una forma de complicidad. Mientras tanto, quienes viven en la isla padecen discriminación, abusos, asesinatos. Y quienes están fuera cargan con la doble condena: no pertenecer aquí y no poder volver allí.

Annobón no se reconoce en el resto de Guinea Ecuatorial. Tiene otra lengua, otra cultura, otra historia. Sus habitantes se sienten españoles. Hablan español, comparten creencias, comen tortilla de patatas. Y preguntan, con una lucidez que duele: ¿por qué Canarias sí y nosotros no? ¿Porque somos negros? La pregunta no es retórica, es un espejo incómodo que devuelve una imagen colonial que Europa prefiere no mirar.

La isla es un documental pequeño en duración, pero enorme en resonancia. Habla de Annobón, sí, pero también de todos los pueblos arrancados de su territorio, de todos los países que existen sólo en la memoria de quienes los aman. Es una película sobre llevar la patria en el corazón cuando el mapa ya no sirve. Sobre seguir luchando cuando nadie mira. Sobre nombrar lo que se quiere borrar.

¿Usted sabe dónde está Annobón? John sí lo sabe. Está en la memoria de quienes no pueden volver. Y ahora, también, en la conciencia de quienes se atrevan a mirar.
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VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Linda D´Ambrosio