Opinión
Cesár Burguera: De Gladiadores y Lealtades
"En esta entrega nos corresponde remontarnos a pretéritas y heroicas épocas"
3 de mayo de 2022
Foto: Cortesía

Opinión.- Los leales luchadores. En esta entrega nos corresponde remontarnos a pretéritas y heroicas épocas, donde cada actitud y conducta asumía, casi de manera inmediata, la envidiable condición de exhibirse como una gesta. Nos convoca nuevamente el repaso por inolvidables textos que guardan celosamente, en su amarillentas páginas, la impecable narrativa sobre aquellos verdaderos luchadores, legítimos guerreros que se batían en desigual lucha, teniendo como insustituible escenario aquel perenne anfiteatro, colmado el mismo, del ensordecedor bullicio de una multitud que con la arena reclamaban en cada jornada la exacta dosis de sangre. Es allí donde nuevamente nos proporcionan, nos topamos con la egregia figura del gladiador, icónica figura del inolvidable Imperio Romano. Todo este ejercicio de necesaria lectura y evocación de estos intrépidos episodios milenarios es producto de una válida duda, que nos llega a sorprender y hasta asaltar en nuestra reconocida buena fe. Y es que en pasadas semanas llegábamos, con inocultable asombro y preocupación, a observar la estridente y abrupta aparición de algunos personajes que se arrogaban la condición de verdaderos gladiadores y pretendían proporcionarnos lecciones de estricta ética o invulnerable lealtad. Uno de ellos, en estado de característica alteración, llegaba a hablar de traiciones y abandonos. Pero el momento supremo de su improvisada proclama se produjo cuando reclamaba que a partir de ese preciso momento asumía como propio el nombre y figura de Máximo Décimo, que según el enardecido personaje, era su propio espejo, era su reflejo, era la espontánea reencarnación o réplica de ese supuesto gladiador romano. Ante tal osada afirmación, acudimos raudamente al siempre sabio consejo de la vetusta biblioteca, con su característico desorden, para verificar la autenticidad del argumento o alegato proferido audazmente por aquel delirante personaje. En esta oportunidad nos rehusamos acudir al sofisticado ordenador o moderna computadora como prueba de absoluta consecuencia con aquellos libros que hicieron al menos el notable esfuerzo de contribuir en la formación de nuestro escaso conocimiento y cultura. Y allí toparnos con la realidad plasmada en varias líneas y multiplicados extractos. El heroico Máximo Décimo nunca llegó a pisar aquel aguerrido terreno, lleno de sangre y arena. Jamás supo de encarnizadas luchas para saciar el tumultuario reclamo que surgía de los pisos graduados del severo anfiteatro. Máximo Décimo Meridio era tan solo una extraordinaria creación de cualquier contemporáneo guionista para realizar una adaptación cinematográfica y producir el laureado film “El Gladiador”. Allí está entonces la razón, la esencia misma de la improvisada proclama del irritado personaje, quien tal vez en cualquier sala de un citadino cine se encontró, por vez primera, con su idílico e inexistente gladiador y seguramente, de manera festiva, ataviado de una armadura de hojalata y empuñando una espada de madera.


Los verdaderos gladiadores. Pero no podíamos quedarnos con la pretensión literaria del aguerrido personaje, que aún con su peculiar ropaje, continua con sus confusas arengas y llega, en una suerte de abierto sacrilegio, a citar de manera incoherente innumerables citas bíblicas que se convierten en verdaderos mensajes encriptados. Ante su supina ignorancia, su provocadora insolencia, hacemos un obligatorio ejercicio en nuestra mermada imaginación para pasar revista a los reales y guerreros gladiadores. Iniciamos el recorrido con Marcus Atilius. La historia de este gladiador romano es extremadamente particular. Marcus Atilius nació romano, era ciudadano por derecho del imperio más glorioso de la antigüedad, pero decidió unirse a la escuela de gladiadores para intentar saldar las incuantificables deudas que había adquirido a lo largo de su vida. Las hazañas de este gladiador tan atípico lo convirtieron en una de las leyendas más recordadas de la arena de Roma. Otro de los insignes luchadores fue Spiculus, quien se cuenta que tenía una especial relación con el emperador Nerón, quien disfrutaba como morían los gladiadores romanos en la rojiza arena del Coliseo. Aunque poco se cuenta de sus batallas o luchas, quedó reflejado por diferentes cronistas de la época, que llegan a relatar que Nerón, una vez depuesto de su cargo, mandó buscar a Spiculus para que procediera a terminar su existencia con la afilada espada. Pero Spiculus, colmado de riquezas por el emperador huyó de Roma, en una inadmisible muestra de desagradecimiento y traición. Por último surge el magnánimo Espartaco, el gladiador más famoso de la historia de Roma. Espartaco era un soldado tracio que fue capturado y vendido como esclavo. Poco después, Léntulo Batiato, acostumbrado a ver gladiadores en el foso, observó en Espartaco a un luchador de gran potencial y lo compró para convertirlo en gladiador. Pero nuevamente hacia su cruel aparición el oscuro y resentido rostro de la inconsecuencia e ingratitud, ya que Espartaco trató, de manera estéril, de organizar una revuelta o rebelión, cegado por una irracional ambición, una desmesurada codicia. Aquella fallida sublevación quedó reducida. Los cuerpos de Espartaco y los conjurados se exhibieron, por extensos días, crucificados en la mismísima Vía Apia. En fin en este auténtico tridente de avezados gladiadores, el impulsivo personaje pudiera asignarse su nuevo nombre, ya que a través de su dispendioso paso ha mostrado similares características y así acometer, ya con su renovado sello, las delirantes y utópicas hazañas, que según su básica y confusa narrativa, tiene que desarrollar a muy corto plazo.


Un final y breve relato. Desde pequeño, Máximo Décimo solo tenía una pasión, el Circo y un sueño, morir en la arena. Su padre le fabricó una espada con madera de olivo que era una réplica exacta a las que utilizaban los gladiadores profesionales para sus entrenamientos cuerpo a cuerpo. Llegado el gran día tras haber alcanzado la edad y grado reglamentario, fue convocado a batirse en el Coliseo en presencia del César y del pueblo romano. Nada más al pisar la arena sintió que toda su vida había sido una preparación para ese momento tan crucial. Allí, de pie sobre la arena ardiente, bajo un cielo azulísimo, sujetó con firmeza la empuñadura de su espada y se bajó la visera del casco. Tenía prisa por abatir a su oponente y fue el primero en asestar una mortal estocada. Su contrincante fue algo más lento en responder, pero observó caer de rodillas a Máximo Decimo con el pecho partido y sosteniendo aún, incrédulo, una espada de madera. Y esa es la verdad.



Por Cesár Burguera


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VÍA NT
FUENTE Editoría de Notitarde