La novela reúne a banqueros, periodistas, espías, funcionarios judiciales, jubiladas, inmigrantes, trabajadores precarios y jóvenes que sueñan con cantar
Opinión.- Acaba de publicarse Que se vayan todos, la primera novela de Ramón Starc, quien reconstruye en ella los disturbios del 20 de diciembre de 2001 en Buenos Aires, cuando la crisis del corralito llevó a miles de personas a las calles. Pero lo hace alejándose de la gran crónica política: su materia son las vidas pequeñas, las decisiones desesperadas y las relaciones que se transforman cuando un país entra en una crisis que ya nadie sabe cómo detener.
La novela reúne a banqueros, periodistas, espías, funcionarios judiciales, jubiladas, inmigrantes, trabajadores precarios y jóvenes que sueñan con cantar. Son personajes que, en principio, podrían pertenecer a historias completamente distintas, pero que terminan unidos por una misma circunstancia: el derrumbe de las certezas económicas y la necesidad de sobrevivir a sus consecuencias.
Hay, además, una idea formal especialmente atractiva. Starc organiza el libro siguiendo los accesos reales a la Plaza de Mayo: tres avenidas y cuatro calles. Los siete capítulos pueden leerse como relatos independientes o como partes de una novela atravesada por personajes, encuentros y conexiones que van apareciendo poco a poco. El lector puede entrar por cualquiera de esas calles y recorrer desde allí una ciudad en estado de convulsión.
Es una estructura que parece apropiada para contar una crisis. Porque durante una crisis nadie tiene la historia completa. Cada persona conoce apenas su propia esquina del desastre: el dinero que no puede sacar del banco, el trabajo que acaba de perder, la compra que ya no puede pagar, el familiar al que tiene que ayudar, el futuro que deja de parecer seguro.
Y ahí es donde el libro puede resultar especialmente cercano para un venezolano.
Argentina tuvo su corralito en 2001. Venezuela tuvo Cadivi. No fueron fenómenos iguales, ni respondieron a las mismas circunstancias económicas o políticas. Pero quienes vivimos aquellos años conocemos la experiencia de que algo tan cotidiano como el dinero, viajar, comprar, ahorrar o planificar deje de depender exclusivamente de uno mismo.
De repente aparecen palabras y procedimientos que empiezan a formar parte de la vida diaria. Solicitudes. Cupos. Divisas. Controles. Tasas. Requisitos. Esperas. Y detrás de cada trámite hay una persona intentando resolver algo tan sencillo como pagar, ahorrar, estudiar, viajar o ayudar a su familia.
Las crisis económicas suelen explicarse con cifras. El PIB, la inflación, la deuda, las reservas, el déficit. Todo eso es necesario para comprenderlas, pero no necesariamente para sentirlas. Una cifra no cuenta la angustia de una jubilada que no sabe si podrá disponer de su dinero. Tampoco explica qué significa para un joven aplazar sus planes porque el futuro se volvió demasiado incierto.
La literatura puede hacer algo que las estadísticas no hacen: devolverle un rostro a la crisis.
Eso parece buscar Starc en esta novela. No contar solamente qué ocurrió en Argentina, sino qué les ocurrió a los argentinos mientras ocurría. El paso del privilegio a la precariedad, del dinero al hambre y de la seguridad a la incertidumbre aparece, entonces, como una sucesión de experiencias individuales que, juntas, construyen el retrato de una sociedad.
Y hay un elemento que me interesa especialmente: el humor. Porque incluso en los momentos de mayor desastre los seres humanos seguimos haciendo chistes. A veces, precisamente porque todo se ha vuelto insoportable. El humor no elimina la tragedia, pero permite mirarla de frente sin quedar completamente aplastado por ella.
Los venezolanos conocemos también esa clase de humor.
Quizá por eso Que se vayan todos puede leerse desde aquí con una familiaridad incómoda. Porque quienes han vivido una crisis profunda reconocen determinadas señales: el momento en que el dinero deja de ser una garantía, las instituciones dejan de parecer lejanas y empiezan a meterse dentro de la cocina de cada casa y el futuro deja de ser algo que se planifica para convertirse en algo que se improvisa.
Que se vayan todos fue el grito de una sociedad que había perdido la confianza en quienes debían conducirla. Pero la novela de Starc parece interesarse por algo que viene después de ese grito: qué hacen las personas cuando las instituciones fallan y cada una tiene que encontrar, como puede, una manera de seguir adelante.
Porque, al final, una crisis económica nunca es solamente económica: es una historia sobre el dinero, sí. Pero también sobre el miedo, la dignidad, la solidaridad, el egoísmo, el humor y la capacidad de las personas para descubrir, en medio del caos, que todavía pueden cambiar algo de su destino.
linda.dambrosiom@gmail.com