Los pregoneros no eran solamente anunciadores de noticias. Durante siglos también tuvieron funciones relacionadas con el orden público y la vida municipal
Opinión.- Antes de WhatsApp, Instagram, la radio y los periódicos, hubo un oficio encargado de difundir las noticias: el pregonero. Durante siglos, cuando gran parte de la población no sabía leer y la información urgente no podía esperar, este personaje era imprescindible en pueblos y ciudades.
Hoy nos sobran las notificaciones. Un mensaje en nuestro teléfono celular, una alerta en redes sociales, una noticia en la radio, un titular en un periódico digital o el video de algún youtuber, nos ponen relativamente al día de las últimas noticias. Pero durante siglos, había una persona o, mejor dicho, un oficio encargado de divulgar las noticias. Fue la primera red social de viva voz.
Su historia es de muy vieja data. En la antigua Roma ya existían figuras equivalentes llamadas praecones, encargados de anunciar en público subastas, actos judiciales, decisiones cívicas y otros avisos de interés colectivo. También en el mundo griego hubo heraldos y anunciadores en una época en la que no había prensa, ni pantallas, ni alfabetización generalizada. La oralidad organizada era la única forma de enterarse de las novedades. Así, las sociedades antiguas entendieron muy pronto que gobernar también era comunicar, y para eso era necesario contar con alguien capaz de reunir a la gente y hacerse oír.
Pero fue a partir de la Edad Media cuando el oficio alcanzó una importancia extraordinaria. En Inglaterra, por ejemplo, los ‘town criers’ o pregoneros urbanos formalizaron su papel tras la conquista normanda de 1066. Su famosa fórmula de inicio, “Oyez, oyez, oyez”, procedía del francés normando y significaba algo parecido a ¡escuchen! ¡escuchen! ¡escuchen!.
Su utilidad era evidente. En una sociedad donde buena parte de la población no sabía leer, colgar un anuncio en la puerta de un negocio o en la casa de gobierno no servía de nada si nadie lo entendía (porque muy pocos sabían leer). El pregonero llenaba ese vacío. Se dedicaba a recorrer calles y plazas, se detenía en puntos determinados y recitaba el anuncio con voz potente, clara y solemne.
No era solo un lector. No se limitaba a leer el texto sino que lo adaptaba al lenguaje cotidiano para que el mensaje realmente llegara. En este sentido, había algo teatral en dar el pregón, y eso formaba parte de su eficacia. Antes de hablar, el pregonero llamaba la atención con una corneta, una trompetilla, una campana y hasta un tambor. Estos sonidos tenían un efecto inmediato porque llamaban la atención, así que la gente se callaba, salía a las puertas, se asomaba a las ventanas y por unos instantes la vida del pueblo se detenía. Todos estaban pendientes del pregón.
La temática era variada; podía ser impuestos, subastas, normas de convivencia, horarios de riego, pérdidas de animales, ventas de animales, fruta o vino, llegada de comerciantes ambulantes, e incluso advertencias sobre conductas sancionables.
Los pregoneros no eran solamente anunciadores de noticias. Durante siglos también tuvieron funciones relacionadas con el orden público y la vida municipal. Los que ejercían este oficio podían anunciar delitos, castigos y decisiones judiciales. Por eso no es casualidad que estuvieran protegidos por la ley. Dañar a un pregonero podía considerarse un grave delito. De ahí la célebre frase de “no matar al mensajero”, que no era solo una metáfora: respondía a una necesidad muy real de proteger a quien transmitía noticias, incluidas.
En Europa, el pregonero sobrevivió muchísimo tiempo; en una gran cantidad de pueblos siguió siendo una figura fundamental de la sociedad hasta comienzos del siglo XX, especialmente durante la posguerra. Las razones eran comprensibles. Seguía existiendo baja alfabetización, escasa difusión de la prensa y una radio todavía poco extendida en el medio rural. En ese contexto, el pregonero se convirtió en el gran medio de comunicación local. Avisaba de cortes de agua y luz, turnos de riego, impuestos, anuncios del ayuntamiento, ventas ambulantes, pérdidas de objetos o animales.
En Latinoamérica, con la influencia de la colonización española llegó la figura del pregonero, pero con el paso del tiempo se asoció más a los vendedores ambulantes, algunos a pie y otros en bicicletas. Otros ofreciendo servicios, como los limpiabotas, amoladores de cuchillos o los famosos heladeros con sus carritos, figuras que todavía en nuestro país pueden verse en pueblos y ciudades.
La desaparición del pregonero se debió a la expansión de la alfabetización, la generalización de la radio, la llegada masiva de la prensa, la mejora de las infraestructuras y, más tarde, la irrupción de la televisión, el teléfono e internet. Pero, sin duda, los primeros “influencers” o, como se les llama ahora, “generadores de contenido”, fueron aquellos antiguos pregoneros que tenían incidencia decisiva en el consumo y en la opinión pública.