Pensar por cuenta propia quizá consista, en última instancia, en conceder a cada idea la oportunidad de defenderse por sí misma y a cada persona la posibilidad de no quedar reducida a ninguno de sus actos
Opinión.- Una de las condiciones del pensamiento independiente es aprender a separar las ideas de quienes las formulan.
No deberíamos aceptar o rechazar una idea por el mero hecho de proceder de una determinada persona, partido o grupo. Una idea debe ser examinada por su propio contenido: por sus argumentos, sus consecuencias, su coherencia, su justicia o su utilidad. Su valor no debería depender de quién la pronuncia.
Sin embargo, con frecuencia hacemos exactamente lo contrario. Una propuesta nos parece aceptable porque procede de alguien en quien confiamos, o la rechazamos porque viene de alguien con quien discrepamos. En lugar de preguntarnos si la idea es buena, justa o razonable, incorporamos a nuestro juicio una consideración que debería ser secundaria: quién la ha formulado.
El pensamiento independiente exige invertir ese orden. Primero hay que juzgar la idea; después, si es necesario, juzgar a quien la propone. Y ambas cosas deben poder hacerse por separado.
Algo semejante ocurre en nuestras relaciones con otras personas. Con demasiada facilidad convertimos una conducta en una definición de quien la ha realizado. Si alguien actúa mal, decimos que es una mala persona. Si alguien nos decepciona, empezamos a interpretar, desde ese momento, sus actos anteriores y posteriores bajo esa misma luz. Y también ocurre lo contrario: la estima que sentimos por alguien puede llevarnos a justificar comportamientos que, si los hubiera cometido otra persona, juzgaríamos de manera muy distinta.
Podemos rechazar una conducta concreta sin rechazar a la persona. Podemos considerar injusta una decisión sin concluir que quien la tomó es injusto en todo lo que hace. Podemos señalar un error sin negar los aciertos de quien lo cometió. Y podemos reconocer una virtud en alguien con quien mantenemos profundas diferencias.
Esto no significa relativizar el bien y el mal, ni evitar los juicios. Significa hacerlos con mayor precisión.
Las personas tenemos aciertos y errores, virtudes y defectos. También nuestras ideas pueden ser acertadas en unas ocasiones y equivocadas en otras. Por eso resulta intelectualmente más honesto juzgar cada afirmación, cada decisión y cada comportamiento por sus propios méritos, en lugar de convertir nuestra valoración global de una persona o de un grupo en el criterio para juzgar todo lo que procede de ellos.
Pensar independientemente no significa, por tanto, pensar siempre contra alguien. Tampoco significa desconfiar sistemáticamente de cualquier autoridad o llevar la contraria por principio. Significa conservar la capacidad de examinar una idea sin que su origen determine de antemano nuestro juicio.
A veces eso nos llevará a coincidir con quienes habitualmente apoyamos. Otras veces, a discrepar de ellos. Y en ocasiones nos llevará a reconocer que alguien con quien mantenemos importantes diferencias ha planteado una cuestión acertada.
Esa debería ser una de las pruebas de nuestra independencia intelectual: ser capaces de decir “tiene razón” sin necesidad de añadir “y por eso estoy de acuerdo con todo lo demás que piensa”. También ser capaces de decir “en esto se equivoca” sin convertir esa afirmación en “por tanto, todo lo que dice está equivocado”.
Pensar por cuenta propia quizá consista, en última instancia, en conceder a cada idea la oportunidad de defenderse por sí misma y a cada persona la posibilidad de no quedar reducida a ninguno de sus actos.
linda.dambrosiom@gmail.com