Cuando su cuerpo fue llevado para ser enterrado en una fosa común según la versión más difundida, sus perros quedaron atrás, los ladridos de Paula, Páez y Padilla despidieron a la Libertadora del Libertador
Opinión.- En muchos países se celebró el pasado 26 de agosto el Día Mundial del Perro. En otros lo hicieron el 21 de julio. El perro más conocido por los venezolanos desde el punto de vista histórico es “Nevado” un supuesto mucuchíes protagonista de una historia de ficción del escritor merideño Tulio Febres Cordero, pero resulta que no existe absolutamente ningún registro histórico de que tal perro existiera, por lo tanto, no se debe considerar su vida como un hecho histórico, sino como una bonita leyenda, un cuento de fantasía sin sustento verdadero. Pero la verdad supera a la fantasía y en los registros históricos sí encontramos a unos perros asociados con Simón Bolívar, por intermedio de su amante, la ecuatoriana Manuela Sáenz.
Es un hecho histórico, referido por personas que conocieron a Manuelita Sáenz, que era amante de los perros. Giuseppe Garibaldi, el célebre revolucionario y futuro unificador de Italia, dijo en sus Memorias, que conoció a Manuela y a sus perros en Paita, Perú, a orillas del Océano Pacífico, en sus tiempos de exilio. Hay una carta a su amigo Roberto Ascásubi le había pedido unos cachorros a Manuela, y ella le envió dos que ella misma había criado. El autor de la famosa novela de la ballena “Moby Dick”, Herman Melville, menciona a Manuela con sus perros en su relato “The Encantadas”.
Pero la mejor de las fuentes es la propia Manuela Sáenz en una carta al edecán del Libertador, Daniel Florencio O’Leary, desde Paita, el 10 de agosto de 1850, donde relata pormenorizadamente los detalles del atentado en contra de la vida de Bolívar. Aquella noche, los conspiradores llegaron al Palacio de San Carlos en Bogotá, para asesinar al Libertador.
El ruido y los ladridos de los perros alertaron a Manuela, que comprendió que algo extraño estaba ocurriendo. Despertó a Bolívar y consiguió que escapara por una ventana mientras ella permaneció enfrentándose verbalmente a los conspiradores.
La carta de Manuela al general O’Leary dice textualmente:
“Serían las doce de la noche, cuando latieron mucho dos perros del Libertador, más se oyó un ruido extraño que debe haber sido al chocar con los centinelas, pero sin armas de fuego para evitar ruido”.
Manuela despertó a Bolívar, que ya estaba dormido, lo hizo vestir y lo obligó a saltar por la ventana, mientras los sicarios trataban de forzar la puerta. Bolívar se había salvado gracias a los perros y gracias a Manuela.
Recogiendo tradiciones orales muchos historiadores y biógrafos señalan que Manuela, que era atrevida e imprudente les había puesto a sus perros los nombres de los adversarios de Bolívar, pero las versiones dan distintos nombres, entre los que están Santander, Paula, Páez, Córdoba, Santa Cruz, Padilla, Lamar, entre otros. Entre sus travesuras una vez fusiló un muñeco al que llamó Santander.
En sus últimos años, en el pueblo costeño de Paita, Manuela, muy pobre, y prácticamente paralítica a raíz de una caída, siempre estuvo acompañada de dos fieles negras que eran sus sirvientes y amigas. Para sobrevivir vendían tabaco y dulces, y hacía traducciones para los marineros que llegaban al puerto. Pero siempre estaba acompañada de sus fieles perros, incluso cuentan que hasta tenía un oso domesticado.
Manuela murió en Paita el 23 de noviembre de 1856, víctima de una epidemia de difteria, llamada en aquellos tiempos “el mal de la garganta”. Con ella murieron sus empleadas Juana Rosa y Dominga. Después de su muerte, las autoridades sanitarias ordenaron quemar las casas infectadas para evitar la propagación de la enfermedad. Su vivienda fue incendiada y casi todos sus objetos y papeles fueron incinerados, salvo una pequeña parte rescatada por el general Antonio de la Guerra Montero que se encuentran conservados en el museo de Manuela Sáenz en Quito.
Cuando su cuerpo fue llevado para ser enterrado en una fosa común según la versión más difundida, sus perros quedaron atrás, los ladridos de Paula, Páez y Padilla despidieron a la Libertadora del Libertador.