La última referencia histórica que se tiene de Maita y sus guerreros es en la defensa del poblado de Onoto, al norte de Zaraza a principios de abril de 1819 y su despedida de Sevilla en mayo
Opinión.- Por el común de la gente son muy poco conocidas las participaciones de los “indios” o aborígenes en la guerra de independencia. En junio de 2022 en esta misma columna habíamos adelantado algo, con especial referencia al “Indio Reyes Vargas”, mestizo, pero líder de los caquetíos fieles al rey en 1812.
Hoy vamos a recordar a otro personaje, menos conocido, pero de lo más interesante: el cacique Maita. Contrario a lo que la mayoría de la gente pudiera pensar, es lo más común en los registros históricos que los indígenas y las otras “castas” (como llamaban en la época, es decir, mulatos, zambos y negros) estuvieran del lado de los realistas.
Maita era del norte de lo que hoy es el estado Anzoátegui, posiblemente de etnia palenque, cuyos descendientes todavía habitan esas regiones. Nos ha llegado hasta el tiempo actual la historia de este aborigen gracias a los relatos del coronel realista Rafael Sevilla, quien describe su encuentro con el cacique en el poblado de Caigua en diciembre de 1818:
“venía sentado en un sillón, llevado en hombros de cuatro nobles, el cacique Maita, que no se apeaba sino para entrar en batalla o para comer o reposar. Detrás del cacique iban dos escuderos llevando sus armas. Aquel cuadro, raro por demás, trasladó nuestra imaginación a los tiempos de la conquista. A todos nos estrechó contra su pecho uno a uno, haciéndonos sentir la presión de sus músculos de acero. Era este un hombre como de treinta años, de mirada altiva e inteligente, con poca barba, pero con ciertos movimientos de autoridad”.
Maita, tenía unos doscientos cincuenta guerreros bajo su mando, armados con macanas, arco y flechas. Una noche, para demostrar la puntería que tenían sus guerreros con sus flechas lanzó una naranja al aire y simultáneamente la fruta fue atravesada por múltiples saetas pulverizándola en el acto, apenas unos fragmentos cayeron en el suelo, del tamaño de una monedita, para sorpresa de los europeos.
El jefe indio era ferviente católico y en aquellos terribles días de la guerra tuvo un hijo a quien puso de nombre “Fernando” como el rey de España y el padrino fue el capitán Sevilla. Le gustaba que le contaran de España, sus ciudades, palacios y puertos y soñaba con viajar y conocer personalmente al rey.
El cacique conocía perfectamente la geografía de la región y estaba muy bien enterado de los movimientos de los insurgentes, gracias a muchos de sus hombres que tenía esparcidos por toda la región haciendo trabajo de inteligencia.
Los guerreros de Maita iban siempre a la vanguardia, muy adelante, atravesando con su experiencia los terrenos más escabrosos. Combaten con fiereza y crueldad en todos los enfrentamientos y escaramuzas que se suceden día a día contra Monagas y otros jefes patriotas en todo el oriente del país.
También curan a los enfermos y picados de culebras con sus medicinas tradicionales y colaboran con todo lo que les hace falta a las tropas del rey. Habitualmente participaba en los consejos de jefes y oficiales para decidir las estrategias.
El cacique Maita tenía una animadversión especial y personal en contra de un cacique que antiguamente había sido amigo suyo, pero a quien odiaba desde que el otro se pasó al lado patriota: El cacique Guaranno.
El 28 de diciembre de 1818, luego del cruento combate de Chamariapa, cerca de Güiria, en el actual estado Sucre, Guaranno es capturado herido por los hombres de Maita. El cacique realista presenta a su enemigo prisionero ante el comandante de las fuerzas realistas y le pide permiso para enjuiciarlo de acuerdo a sus leyes nativas y posteriormente ejecutarlo.
El juicio es descrito como una arenga de Maita seguido de una algarabía de los suyos. La actitud del infeliz prisionero es descrita por Sevilla:
“permanecía con la cabeza erguida y la mirada altanera; por sus labios vagaba una sonrisa despreciativa que irritaba aún más a sus enemigos”.
Luego cuatro guerreros ejecutaron la sentencia de muerte flechándolo por la espalda.
La última referencia histórica que se tiene de Maita y sus guerreros es en la defensa del poblado de Onoto, al norte de Zaraza a principios de abril de 1819 y su despedida de Sevilla en mayo.