De pronto, se le ensombrece el pensamiento y se plantea aterrado la posibilidad de que lo asesine sobre su lecho, y, si decidiera hacerlo, no tendría manera de evitarlo
Opinión.- Alguien entra en la habitación y él cierra los ojos para aparentar que está dormido, no se atreve a abrirlos porque pudiera significar el final de todo, y así escucha la bronca respiración: gruesa, acezante, difícil, como si fuera asmático, y ahoga su pánico, su deseo de gritar y de pedir ayuda…, los minutos eternecen, se hacen elípticos como si fuera de pesadilla, y desde su postura fetal se deja arrastrar ingrávido por una suerte de nebulosa que lo lleva. a imaginar el rostro y el aspecto del imprevisto visitante, a quien asume joven y atrevido, de cara redonda y mofletuda, eso sí: nervioso hasta más no poder, quiere creer que es corto de estatura, débil y dubitativo, aunque dispuesto a llevarse por delante a quien sea con tal de conseguir su botín que, en su caso es inexistente, porque está más limpio que un alma en pena, así que contiene el aliento a la espera de lo que vendrá.
De pronto, se le ensombrece el pensamiento y se plantea aterrado la posibilidad de que lo asesine sobre su lecho, y, si decidiera hacerlo, no tendría manera de evitarlo, es presa fácil e inerme al estar acostado sobre su lado izquierdo en medio de la oscuridad de la pieza, expuesto a la puñalada certera, o quizás al balazo en la nuca o en la sien, y lo reconforta —paradójicamente— la certeza de que será apenas un golpe seco, un breve soplo: a lo mejor ni se entere de su tránsito al otro mundo y felices pascuas de resurrección, pero teme también que quiera violarlo (—que es otra forma de morir—), que se ensañe sobre su carne magra y macilenta, y allí la situación se pondría verdaderamente seria, porque estaría en manos, no solo de un pillo y ladrón, o de un vulgar delincuente que con baratijas se conforme, sino de un pervertido, tal vez de un sádico que guste de infringir violencia a sus víctimas para así obtener de ellas un mórbido placer.
En ese preciso instante recuerda a su difunta mujer, la pobre y sufrida María, quien desde el cielo lo ayudaba a continuar en pie en medio de la oscuridad de los tiempos (de la triste soledad de un rancho sin hijos y sin animales de compañía), y con ella establece desde la hondura de su atormentado pensamiento, y de la ingrimitud más abyecta del alma humana, una suerte de diálogo escatológico, preciso y contundente, que lo ayuda a sortear el horror en medio de la nada y del vacío del momento, y en ese ir y venir de frases entrecortadas y tremebundas entre el más allá y el más acá, de silencios y vagas suposiciones, de sutiles ecos y ahuecadas palabras que chocan en su interior enloquecidas, entiende que no podrá entregarse indefenso y sin más a su depredador: tendrá que luchar tal como ella lo había hecho a lo largo de su vida, y aunque perdió la partida con la enfermedad, el sino de aquel momento era distinto: “él o usted cariño —escucha que le dice la buena de su mujer—, pero los dos no caben ya en este mundo”.
El sujeto trastea aquí y allá, abre y cierra cajones, revisa con ansias por doquier a la espera de “algo” que no podía definir en su inaudita duermevela sobre el desvencijado camastro, pero eso ya no importa, el tiempo se agota y se cierra el círculo sobre sí, y los ojos afiebrados de María desde el más allá le impelen a la acción, a defender la vida con uñas y dientes, a intentar desatar el nudo gordiano que lo mantiene en vilo y que atenaza su existencia, y puede verla presurosa descender de la nada, de la bruma en la que se encuentra, y buscar bajo del colchón y extraer la daga del degüello, que en otros tiempos los alimentó cuando él trabajaba en el matadero del pueblo, y que por su reconocido despiste había olvidado, y fue aquí cuando supo qué hacer, pero… el “cómo”, no lo tenía aún muy claro.
De pronto, el ruido cesa. En la pieza solo se escucha el ritmo acompañado de ambas respiraciones: la suya, aletargada bajo el disimulo y la impostura; y la del otro: tibia y áspera, volcada ya sobre su rostro, entonces tantea bajo el colchón en el punto exacto en el que le señala María, y halla la daga, la toma como puede y guarda el tiempo preciso en el que deberá actuar, y ve de nuevo los ojos afiebrados de su mujer, la tristeza marcada en el rostro, las huellas de una dimensión etérea que en ella emana sutiles visos de realidad y fantasmagoría.
Ambos se enzarzan en una lucha feroz: él es ya un hombre mayor y el otro un joven aún, pero como la imagen de María lo llena de sobrados bríos, puede asestarle con rapidez un corte en el rostro y siente de inmediata la tibieza de la sangre, pero el sujeto no se arredra ante la inesperada arremetida de su víctima, y con sus manos fuertes —acostumbradas al crimen— comienza a estrangularlo, y en medio del sopor puede ver a la afligida. María, consumida por el pánico, desdibujada en el horizonte, y entre más aprieta el otro su cuello, la imagen de su mujer se desvanece hasta desaparecer, y ya casi agónico —en la propia antesala de los estertores de la muerte— cruza la daga sobre el pecho del otro y las manos que le aprietan el cuello van cediendo lentamente, hasta caer inertes sobre el cuerpo abatido y exánime.
Al no responder al llamado, los vecinos entran en la pieza y lo encuentran inconsciente, sumido en el aturdimiento. No saben qué le ha pasado, todo está en perfecto orden y nada presagia las tormentas interiores que lo vapulean hasta el extremo de la locura. Solo atina a decir que ha librado una dura batalla contra un poderoso enemigo y que su María lo ha socorrido desde el otro mundo cuando más lo necesitaba, y para ilustrar lo que afirma saca la daga que esconde bajo el colchón y comienza a blandirla con destreza, dibujando zigzags en el aire, como quien enfrenta a un temible contendiente y busca herirlo o matarlo.
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