Pero hay unas fuentes que nos brindan el otro lado de la historia: son los registros llevados por los soldados del rey en la guerra de independencia, los que nos permiten tener una visión más integral del proceso
Opinión. -Hace exactamente un año, a principios de agosto de 2025, publicamos en esta columna una crónica sobre un personaje valenciano de la independencia poco conocido: “El Negro Palomo” (algunos lo llaman el “Mulato Palomo”), a quien consideramos una especie de contrapartida del “Negro Primero”.
En diversas fuentes de la historiografía venezolana se menciona a Palomo como un lugarteniente de Domingo Monteverde, el primer comandante realista que enfrenta a los insurgentes en Venezuela. En todo momento Palomo estaba al lado de su jefe y hasta le salvó la vida, pero en octubre de 1813 Monteverde es gravemente herido en Las Trincheras, luego se refugia en Puerto Cabello y, al poco tiempo, abandona Venezuela. Con la retirada de Monteverde no encontramos más referencias a Palomo entre los autores o fuentes venezolanas. Allí le habíamos perdido la pista.
Pero hay unas fuentes que nos brindan el otro lado de la historia: son los registros llevados por los soldados del rey en la guerra de independencia, los que nos permiten tener una visión más integral del proceso. Entre ellas tenemos las memorias de Rafael Sevilla, un oficial de los que llegó con Pablo Morillo en su expedición “pacificadora”.
El joven oficial Sevilla (nacido en Andalucía, España, y fallecido hacia 1856) se enroló voluntariamente en la expedición de Pablo Morillo en 1815, formando parte del Ejército Expedicionario de Costa Firme. Sevilla escribirá sus memorias donde relata de forma amena y detallada las múltiples peripecias que vivió en Venezuela y Colombia, su enfermedad (posiblemente paludismo o fiebre amarilla) sus combates, el hambre que pasaban, las marchas por los ardientes llanos y por los fríos páramos. Nos describe el paisaje, la vegetación y la fauna que, a veces, nos parece exagerada: los tigres que se comen a sus hombres, las serpientes venenosas que diezmaban a sus soldados, los caimanes que devoran a la tropa, uno con una boca que abierta tiene casi el alto de una persona, la toma de Margarita, los asedios de Cartagena y Guayana, los combates de Mantecal y Mucuritas, de cuando fue comandante del Castillo de Puerto Cabello, en fin, las vivencias cotidianas, sufrimientos físicos, las miserias del soldado raso y del oficial en campaña. Vale la pena mencionar su encuentro con un personaje que no hemos visto mencionado antes, el cacique Maita, un feroz jefe indígena en el oriente del país que comandaba una fuerte tropa leal al rey.
El capitán Sevilla se encuentra con Palomo en 1816, quien comanda a cien de los bravos llaneros que pertenecieron a las hordas del difunto Boves. Sevilla lo define como “un negro valiente y osado, hombre leal, que tenía vista de lince, mano de hierro y corazón de león”. Y más adelante: “El capitán Palomo contaba por centenares a los insurgentes que había despachado: con razón se le tenía por el terror de los llanos. Su escuadrón se llamaba Carabineros de Calzada”.
Sevilla, quien era comandante del Batallón Cachirí, de americanos realistas, y Palomo, combaten en los llanos de Casanare y Apure a las tropas insurgentes. Pasan por praderas, poblados y aldeas enfrentando sufriendo los ataques de los insurgentes, de los tigres y de las culebras. Más de una vez Palomo es el que salva la situación.
A principios de enero de 1817 en las inmediaciones de Guasdualito, los realistas son atacados por la caballería patriota de Nonato Pérez, un llanero mulato originario de Casanare (Nueva Granada), uno de los más temibles llaneros patriotas. Los jinetes caen sobre el Batallón de Infantería de Sevilla, que se considera casi perdido. De repente observa un remolino en el medio del enemigo. Así lo relata el propio Sevilla:
“Era el negro Palomo que, con sus cien terribles jinetes, había llegado en nuestro socorro y se abría paso hendiendo cráneos con su machete formidable; a la vez que sus soldados —imitándole y mezclándose con sus enemigos— sembraban también la muerte entre ellos”.
Sevilla y su gente lograron salvarse y se refugiaron en el pueblo. Seguiremos buscando los rastros de este interesante personaje.
@luishmedinac