Arnaldo Rojas: El olvidado arte de conversar
Opinión

Arnaldo Rojas: El olvidado arte de conversar

El arte de la conversación, como cualquier otro arte que merezca la pena, requiere de unos requisitos que no son fáciles de conseguir en la era de la prisa y la parálisis frente a las pantallas
1 de agosto de 2026
Opinión.- Entre los muchos y sanos placeres olvidados de estos tiempos cibernéticos en los que nos ha tocado vivir, hay uno, conversar, que se encuentra en peligro de extinción.
 
El arte de la conversación, como cualquier otro arte que merezca la pena, requiere de unos requisitos que no son fáciles de conseguir en la era de la prisa y la parálisis frente a las pantallas. Se requiere paciencia, entrenamiento, conocimiento, sabiduría, educación, respeto, tolerancia y tiempo, se requiere, por tanto, esfuerzo. Y ya sabemos que muchos de estos requisitos hoy en día no son fáciles de cumplir, y la mejor muestra de ello es hacernos una sencilla pregunta: ¿Cuánto tiempo hace que no hemos mantenido, con nuestra pareja o amante, con nuestros amigos, con nuestros compañeros de trabajo, con alguien de nuestra familia, una conversación donde se cumplieran la mayoría de los requisitos para eso que llamamos una charla civilizada?
 
Una conversación cara a cara nos permite una verdadera experiencia de contacto humano, no es como chatear, en que escribes mensajes interactivos pero que no te da el importantísimo valor agregado de observar el diálogo gestual de tu interlocutor. Una persona vía internet te puede decir que está triste, pero solo estando en contacto directo (sin intermediarios tecnológicos) realmente puedes captar el estado de ánimo de la otra persona.

Se crearon los emoticones con el objetivo de expresar esos estados de ánimo, pero no es lo mismo ver una “carita triste” o una “carita feliz” y saber, realmente saber, cómo está tu amigo o pariente. Por ello la propia evolución tecnológica diseñó el Skype, o su variable dentro del actual Messenger de Facebook, para poder “ver” u oír a la persona con la que conversamos.

Pero, también resulta insuficiente. Digamos, por ejemplo, que buscas confortar a un amigo triste, no le puedes dar un abrazo virtual. No puedes celebrar del mismo modo un triunfo. Si lo quieres consolar te limitas a hablarle y nada más, y muy dentro de ti pensarás: “quisiera estar ahí contigo”. Es cierto que hay distancias geográficas para las que estos sistemas de comunicación son una panacea, pero a veces nos limitamos al contacto virtual con una persona que vive muy cerca de nosotros.

De esta misma manera se impuso el famoso WhatsApp, llegando a ocasionar el irrisorio y a la vez muy triste fenómeno de una familia que comparte la mesa, pero en simultáneo están “ausentes” de la conversación, porque todos están conectados a su teléfono celular. Ya hay altos niveles del ridículo, cuando dos miembros de esa mesa se mandan mensajitos, estando cara a cara, cuando tienen la oportunidad de comunicarse en vivo y en directo, incluso fomentar el diálogo de todos los presentes.

Ya es el colmo, nos hacemos uno con una máquina. No nos damos cuenta que lo que la otra persona ve no es nuestro rostro, sino un conjunto de bytes que dibujan nuestra cara. Es artificial, un reflejo, una mera ilusión de la realidad. Todos aquellos que hemos disfrutado y seguimos disfrutando de una buena conversación sabemos que nunca se podrá equiparar un diálogo tecnológico con uno de verdad.

El problema que enfrentamos es que las nuevas generaciones van desarrollándose dentro de este sistema inhumano. Al no poder comparar una cosa con la otra, la conversación cara a cara está expuesta al grave peligro de desaparecer. Muchos consideran que dentro de pocos años, la fotografía de un grupo de personas conversando será algo así como una pintura rupestre de la prehistoria, es decir un registro de algo que desapareció.
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VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Arnaldo Rojas