Detrás de cada toque, de cada desplazamiento y de cada gesto, existe una memoria colectiva construida durante siglos por las comunidades afrovenezolanas
Opinión. - En el marco de su gira europea, la Negra Ugueto impartió en Madrid un masterclass solidario como parte de su proyecto Malembe, una experiencia que integra danza, música, historia y simbolismo para hacer inteligible un patrimonio que suele percibirse únicamente desde su dimensión estética. La recaudación del encuentro se destinó a la fundación Cromosomas de Luz, con sede en La Guaira —uno de los estados afectados por el reciente terremoto en Venezuela— que acompaña a niños y jóvenes con síndrome de Down y a sus familias.
Actualmente la artista, distinguida con el Premio Municipal de Danza 2025, se propone interactuar con el público no solamente para bailar, sino también para dar a conocer todo lo que entraña la cultura afrovenezolana y, particularmente, el lenguaje del tambor, que comunica mucho más de lo que la mayoría alcanza a escuchar.
Para quien desconoce sus códigos, asistir a una celebración de tambores puede parecer una experiencia semejante a escuchar una hermosa canción en un idioma desconocido: el ritmo emociona, la melodía seduce y el cuerpo responde de manera casi inevitable, pero el verdadero significado permanece oculto.
Eso es precisamente lo que la Negra Ugueto se ha propuesto revelar. Detrás de cada toque, de cada desplazamiento y de cada gesto, existe una memoria colectiva construida durante siglos por las comunidades afrovenezolanas. El tambor no solo acompaña la danza: narra historias, expresa creencias, organiza la vida ritual y preserva una identidad que ha sobrevivido gracias a la transmisión oral y corporal.
Su labor consiste en enseñar a interpretar ese lenguaje.
Por eso, con el paso de los años, el centro de gravedad de su trayectoria se ha desplazado del escenario al aula. No porque haya dejado de ser una bailarina excepcional, sino porque comprendió que el patrimonio cultural no se conserva únicamente representándolo. También hay que explicar sus significados, transmitir sus códigos y formar nuevos depositarios de esa memoria.
La jornada madrileña permitió comprobar que esa concepción de la cultura va mucho más allá de la escena. Antes de comenzar la sesión, Ugueto compartió con los asistentes que, tras el terremoto que golpeó a Venezuela, había sentido la necesidad de convertir la masterclass en una acción solidaria. Toda la recaudación sería destinada a Cromosomas de Luz, una fundación profundamente arraigada en La Guaira, dedicada a acompañar a niños y jóvenes con síndrome de Down y a sus familias, y que también sufrió las consecuencias del sismo.
No hubo grandes proclamas ni gestos grandilocuentes. Hubo, más bien, una reflexión serena sobre el sentido del arte en tiempos difíciles. “Estoy pensando qué voy a hacer y cómo para tener un impacto positivo”, confesó. Y enseguida explicó cuál era su otra preocupación: que la tragedia no terminara eclipsando aquello por lo que lleva casi treinta años trabajando. «No quiero que una catástrofe cambie lo que yo siento por los tambores, ni tampoco lo que la gente está comenzando a percibir de las culturas afrovenezolanas». En una frase resumió una idea poderosa: las comunidades afrodescendientes son mucho más que una manifestación festiva; son portadoras de una historia, de un conocimiento y de una identidad que merecen ser comprendidos en toda su profundidad.
Aquellas palabras daban sentido a todo lo que ocurriría después. Antes de iniciar la experiencia pidió a los asistentes que guardaran los teléfonos, dejaran a un lado cualquier distracción y se dispusieran simplemente a respirar. «Lo único que vamos a hacer es inhalar, exhalar y dejar que la música no se olvide». Fue una invitación a escuchar antes de mirar; a comprender antes que consumir; a dejar que el tambor hablara con su propia voz.
Caraqueña, con profundas raíces familiares en La Guaira y Ocumare de la Costa, ha convertido la danza, la percusión y el arte de trenzar en herramientas para hacer visible un patrimonio que durante siglos se ha transmitido de generación en generación.
Durante casi tres décadas, la Negra Ugueto ha defendido que las tradiciones permanecen vivas cuando se enseñan, se investigan y se comparten. Su trabajo combina rigor académico, experiencia artística y una permanente vocación pedagógica que la ha convertido en una referencia para nuevas generaciones de cultores dentro y fuera de Venezuela.
En tiempos en los que el consumo cultural privilegia la inmediatez y la superficie, la obra de la Negra Ugueto adquiere un valor que trasciende la danza. Su trabajo no consiste únicamente en mantener viva una tradición, sino en hacer que los venezolanos vuelvan a comprender lo que el tambor les ha estado diciendo desde hace siglos. La sesión de Madrid dejó, además, otra enseñanza: cuando la cultura se pone al servicio de las personas, el patrimonio deja de ser únicamente memoria para convertirse también en solidaridad. Quizá esa sea hoy la forma más alta de la maestría: no solo dominar un arte, sino saber ponerlo al servicio de los demás.
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