Las grandes tradiciones religiosas de la humanidad, más allá de sus diferencias doctrinales, coinciden en algo esencial: la plenitud del ser humano se encuentra en la capacidad de trascender el propio interés y ponerse al servicio de los demás
Opinión.- Cuando una catástrofe golpea a una comunidad, emerge de inmediato una de las preguntas más antiguas de la filosofía moral: ¿por qué ayudamos a los demás? Para unos, la solidaridad es una exigencia de la justicia social y de la responsabilidad colectiva; para otros, es una expresión de la caridad, de la compasión o del servicio al prójimo. Aunque se apele a términos diferentes, el hecho es que existe en el ser humano una profunda inclinación a responder al sufrimiento ajeno y a aliviar, en la medida de sus posibilidades, el dolor de quienes padecen.
La tragedia del reciente terremoto ha vuelto a poner de manifiesto esa realidad. Instituciones de muy diversa naturaleza, como la Cruz Roja, World Central Kitchen, organizaciones católicas y también Food for Life, el programa humanitario nacido en el seno del movimiento Hare Krishna, han acudido en ayuda de los damnificados. La respuesta es diversa en sus motivaciones y en sus fundamentos filosóficos, pero común en su propósito: alimentar, consolar y acompañar a quienes lo han perdido casi todo.
Esta disposición a la solidaridad habla, en primer lugar, de nuestra propia naturaleza. Somos seres sociales y nuestra supervivencia ha dependido siempre de la cooperación y del cuidado mutuo. El antiguo principio de «hoy por ti, mañana por mí» expresa una verdad elemental de la condición humana: estamos unidos por lazos de interdependencia y, en cierto modo, la suerte de los demás también es la nuestra.
Pero la solidaridad posee también una dimensión espiritual. Las grandes tradiciones religiosas de la humanidad, más allá de sus diferencias doctrinales, coinciden en algo esencial: la plenitud del ser humano se encuentra en la capacidad de trascender el propio interés y ponerse al servicio de los demás. La compasión, la misericordia, la caridad y el amor al prójimo aparecen, con distintos nombres, en prácticamente todas las religiones.
Esta coincidencia ha llevado a numerosos pensadores a preguntarse si las diferentes tradiciones religiosas participan de una misma raíz espiritual. Desde una perspectiva perennialista, puede sostenerse que las religiones constituyen diversas expresiones históricas de un patrimonio espiritual común. Y no son pocos los autores que han señalado que la tradición religiosa de la India, por su extraordinaria antigüedad y por la riqueza de su desarrollo filosófico, constituye uno de los primeros y más fecundos manantiales de la experiencia religiosa humana.
Desde esa antigua fuente, ciertas concepciones sobre lo divino, el alma, la vida ética y el destino último del ser humano se habrían difundido, directa o indirectamente, hacia otras regiones del mundo, transformándose y adaptándose a las geografías, las lenguas, las costumbres y las sensibilidades de cada pueblo. Una misma búsqueda de sentido habría adquirido así formas diversas, conservando, sin embargo, un horizonte común: la aspiración a la trascendencia y el anhelo de regresar a nuestra verdadera morada espiritual, el regreso a casa, el regreso a Dios.
Es en este marco donde puede comprenderse mejor la labor de Food for Life. Inspirada en las enseñanzas de A.C. Bhaktivedanta Swami Prabhupada, fundador del movimiento Hare Krishna en Occidente, esta organización se ha convertido en una de las mayores redes de distribución gratuita de alimentos vegetarianos del mundo. En estos días, la meta de sus voluntarios es preparar y distribuir alrededor de dos mil comidas diarias para los damnificados del terremoto.
El origen de Food for Life se remonta a una escena que varios discípulos de Srila Prabhupada, entre ellos Jayapataka Swami y Siddhanta Dasa, han relatado en diversas ocasiones. Durante una estancia en Mayapur, Prabhupada observó a unos niños pobres disputándose restos de comida con unos perros. Profundamente conmovido, manifestó que una situación así era intolerable en un lugar consagrado a Dios y expresó una instrucción que acabaría convirtiéndose en el principio inspirador de esta iniciativa: «Nadie debería pasar hambre en un radio de diez millas alrededor de un templo de Krishna». Y añadió una reflexión igualmente elocuente: «El templo es la casa de Dios. Dios es el padre de todos; en presencia del Padre, el hijo no debe pasar hambre».
La inspiración de esta labor procede también de una antigua enseñanza del Bhagavad-gītā: «Toda acción debe realizarse como una ofrenda; de lo contrario, el trabajo nos ata a este mundo» (3.9). La tradición vaisnava interpreta este verso como una invitación a transformar las acciones ordinarias en servicio desinteresado. Cocinar, cuidar o alimentar pueden convertirse así en expresiones de una vida espiritual plenamente vivida.