El terremoto nos desmontó la idea de estabilidad. Nos enseñó que lo firme puede volverse incierto en un segundo, y que ese segundo se queda incrustado como una astilla que no se puede sacar
Opinión.- El efecto del terremoto sobre cada uno de nosotros es algo que no se puede medir en cifras ni en informes: es una alteración íntima, casi secreta, que se instala en el cuerpo y en la memoria. Desde ese día vivimos con una especie de vibración interna, un eco que no depende de la tierra sino de lo que se nos quebró por dentro. Cada quien carga su propio derrumbe. Algunos lo llevan en la forma en que ahora se detienen antes de entrar a una habitación; otros en la manera en que se les tensan los hombros ante cualquier ruido; otros en ese silencio nuevo que aparece cuando intentan decir “estoy bien”. Pero ninguno está ileso. Todos tenemos una grieta que no se ve, pero que arde.
El terremoto nos desmontó la idea de estabilidad. Nos enseñó que lo firme puede volverse incierto en un segundo, y que ese segundo se queda incrustado como una astilla que no se puede sacar. Nos volvió atentos, casi animales: el oído afinado para detectar cualquier crujido, la mirada que busca salidas, la respiración que se acelera sin razón aparente. Lo cotidiano se transformó. La cama, la mesa, la puerta, el piso: todo adquirió una fragilidad que antes no veíamos. Y esa fragilidad se nos metió en los huesos. A veces uno siente que camina sobre un mundo que ya no promete sostenerlo.
Hay un miedo que se quedó. No es el miedo al temblor en sí, sino a la vulnerabilidad. A la evidencia de que somos finitos, de que no controlamos nada, de que la vida es un hilo delgado que puede romperse sin aviso. Ese miedo se manifiesta en gestos mínimos: dormir con una luz encendida, revisar mentalmente dónde ponerse si algo vuelve a moverse, sentir un sobresalto ante cualquier vibración. Es un miedo que acompaña, que no paraliza pero tampoco se va. Un miedo que se sienta a la mesa con uno, que se acuesta al lado, que respira en la nuca.
También está la culpa silenciosa. La que nadie confiesa. La que aparece cuando uno recuerda que otros no tuvieron la misma suerte. Que hubo casas que se vinieron abajo, vidas que se apagaron sin despedida, familias que quedaron partidas. La culpa del sobreviviente es un animal que se acuesta a los pies de la cama y respira con uno. No muerde, pero pesa. Y ese peso se siente en la madrugada, cuando el silencio es demasiado grande y uno se pregunta por qué está vivo.
Y la rabia. Esa sí muerde. Rabia porque el dolor fue demasiado grande, demasiado injusto, demasiado abrupto. Rabia porque nada prepara a nadie para ver su mundo desordenarse en un instante. Rabia porque el cuerpo recuerda incluso cuando la mente quiere olvidar. Esa rabia es una energía oscura, pero también es una forma de claridad: nos obliga a mirar de frente lo que se rompió, lo que ya no volverá a ser, lo que quedó enterrado bajo los escombros.
Y sin embargo, en medio de ese paisaje interior hecho de miedo, culpa y rabia, apareció Fabiana. La niña que salió viva de entre los escombros, con la piel llena de polvo y los ojos abiertos como si estuviera viendo por primera vez el mundo. Su rescate fue un latido colectivo, un desgarrón luminoso en medio de tanta sombra. Cuando la sacaron, envuelta en tierra, respirando, el país entero sintió un estremecimiento distinto: no de miedo, sino de una esperanza que dolía. Fabiana se convirtió en una especie de símbolo involuntario: la prueba de que incluso en el derrumbe más brutal puede haber un pequeño milagro. No para negar el horror, sino para recordarnos que la vida, a veces, insiste. Que incluso cuando todo parece perdido, una niña puede abrir los ojos y obligarnos a creer, aunque sea por un instante, que no todo está condenado.
Y apareció también algo inesperado: esa ternura que algunos llaman solidaridad. La capacidad de sostener al otro, de abrazar sin preguntar, de compartir agua, pan, espacio, silencio. El terremoto nos volvió comunidad a la fuerza. Nos obligó a mirarnos, a reconocernos, a entender que la supervivencia es colectiva o no es. Y en esa mezcla de miedo, culpa, rabia y ternura se está escribiendo una nueva versión de nosotros. Una versión rota, sí, pero también más humana.
No somos los mismos. No lo seremos. El terremoto nos cambió en muchas más formas de lo que creíamos. Nos cambió la forma de caminar, de hablar, de recordar, de sentir. Nos dejó una grieta interna que no se cierra, pero que tampoco impide avanzar. Caminamos con ella, como quien lleva una cicatriz que no oculta pero tampoco exhibe. Y en ese andar hay una especie de tenacidad: la voluntad de seguir, de reconstruir, de nombrar lo que pasó para que no se pierda en la oscuridad. Porque aunque el temblor ya no se siente en la tierra, sigue vivo en nosotros.
Soledadmorillobelloso@gmail.com