Porque esas jornadas de ayuda también cumplen otra función, menos visible pero igualmente importante. Permiten que miles de personas transformen la angustia, la impotencia y el dolor en un gesto concreto
Opinión.- Trabajo en una organización en donde, cada día, tengo el privilegio de comprobar algo que suele pasar desapercibido entre tanto ruido: la inmensa necesidad que tiene la gente de hacer el bien. No me refiero solo a la disposición de ayudar cuando alguien lo necesita. Hablo de algo más íntimo. De ese impulso que lleva a una persona a salir de sí misma para ponerse al servicio de otra. Porque servir también es una manera de realizarse, de encontrar sentido, de sentirse útil.
Este fin de semana volví a comprobarlo. Se organizó una recogida de ayuda para los afectados por los terremotos. Estaba prevista para dos jornadas, pero hubo que cerrarla al finalizar la primera: el espacio destinado a almacenar las donaciones quedó completamente colmado. Cajas, alimentos, medicinas, productos de higiene, ropa... La respuesta fue tan abundante que superó todas las previsiones.
Confieso que, mientras observaba aquella avalancha de solidaridad, no podía dejar de pensar en las dificultades que supone hacer llegar todos esos bienes. Los costes del transporte son enormes, los tiempos de envío muy largos y los obstáculos aduaneros, con frecuencia, desalentadores. Es posible que no todo llegue cuando más se necesita o de la manera más eficiente.
Y, sin embargo, me parece bien que se haga.
Porque esas jornadas de ayuda también cumplen otra función, menos visible pero igualmente importante. Permiten que miles de personas transformen la angustia, la impotencia y el dolor en un gesto concreto. Frente a una tragedia que nos desborda, hacer una donación, cargar una caja o dedicar unas horas de voluntariado es una forma de decir: «No puedo hacerlo todo, pero esto sí puedo hacerlo».
Los beneficiarios también reciben mucho más que los objetos enviados. Reciben un mensaje poderoso: no están solos. Alguien, quizá a miles de kilómetros, ha pensado en ellos. Alguien ha querido tenderles la mano. Y esa certeza también alimenta la esperanza.
En estos días recordé, además, la historia de una compañera de nuestra organización en La Guaira. Ella y su bebé lo perdieron todo. Su casa desapareció. Entonces ocurrió algo que explica mejor que cualquier discurso quiénes somos los venezolanos. Otro voluntario de la organización, también venezolano, le cedió su apartamento para que pudiera empezar de nuevo. Cuando llegó, los vecinos la estaban esperando. Habían llevado flores para recibirla, comida para los primeros días y juguetes para su hijo. Nadie les obligó. Simplemente hicieron lo que sintieron que debían hacer.
Es que el venezolano es así de maravilloso. Hemos conocido demasiadas dificultades para no reconocer el sufrimiento ajeno. Sabemos lo que significa empezar de nuevo y, quizá por eso, cuando alguien cae, siempre aparece otro dispuesto a tenderle la mano.
Al final, esa es la única respuesta posible frente a las grandes tragedias. Ninguno de nosotros puede resolverlas por sí solo. Pero todos podemos hacer esa pequeña parte que sí está a nuestro alcance. Esa porción de bien que cabe en nuestras manos.
Y resulta que esa pequeña parte nunca es pequeña. Porque ayuda a quien la recibe y también transforma a quien la ofrece. Hace que unos descubran que no están solos y que otros recuperen la certeza de que todavía pueden hacer el bien. Tal vez sea esa, después de todo, una de las formas más profundas de esperanza.
linda.dambrosiom@gmail.com