Linda D´Ambrosio: La memoria también necesita pasaporte
Opinión

Linda D´Ambrosio: La memoria también necesita pasaporte

Durante siglos, los países han confiado esa tarea a sus escuelas, a sus plazas, a sus monumentos y a sus instituciones culturales. Pero cuando millones de personas abandonan su lugar de origen, la memoria adquiere una condición distinta
24 de junio de 2026
Opinión. -Hay una pregunta que sobrevuela silenciosamente a toda comunidad dispersa por el mundo: ¿cómo se conserva la identidad cuando el territorio deja de ser el lugar de encuentro?

Durante siglos, los países han confiado esa tarea a sus escuelas, a sus plazas, a sus monumentos y a sus instituciones culturales. Pero cuando millones de personas abandonan su lugar de origen, la memoria adquiere una condición distinta. Se vuelve portátil. Viaja en fotografías, canciones, recetas, devociones, libros y conversaciones familiares. Se convierte, literalmente, en equipaje.

Pensaba en ello mientras escuchaba esta semana en Madrid a Eduardo Sanabria, “Edo”, a Laureano Márquez y a Boris Bossio presentar la trilogía Memoria Portátil en La Taberna del Sur, un establecimiento que es ya uno de los espacios de encuentro más significativos de la comunidad venezolana en Madrid.

El nombre de la colección no podría ser más oportuno, porque los tres libros que la integran hablan de aspectos distintos de la identidad venezolana, pero comparten un mismo propósito: preservar aquello que el exilio, la emigración y el paso del tiempo amenazan con diluir.
Un Santo Trotamundos aborda uno de los fenómenos más fascinantes de la Venezuela contemporánea: la transformación de José Gregorio Hernández en compañero de viaje de millones de emigrantes. Lo que Edo descubrió durante años de investigación fue algo más profundo que una devoción religiosa. Descubrió una forma de pertenencia.

Las imágenes de José Gregorio aparecían en Madrid, Buenos Aires, Miami, Bogotá, Doha o Toronto. En altares improvisados, en apartamentos modestos, en negocios, hospitales o vehículos. Allí donde había un venezolano parecía aparecer también el médico de Isnotú.

No es casualidad. Los pueblos necesitan símbolos capaces de acompañarlos cuando el territorio queda lejos. José Gregorio se ha convertido, para muchos, en una suerte de embajador sentimental de Venezuela.

El segundo libro, Al Norte del Sur, nos traslada a otro de los grandes espacios de la memoria colectiva: la música. La obra rescata aquella extraordinaria explosión cultural que vivió Venezuela durante los años ochenta. Una época en la que nombres como Ilan Chester, Yordano, Franco De Vita, Ricardo Montaner, Melissa o Guillermo Dávila formaban parte de la banda sonora de una sociedad que miraba al futuro con optimismo.

Aquella década produjo mucho más que canciones. Produjo referencias comunes. Produjo una cultura compartida. Produjo recuerdos que todavía hoy sirven para reconocerse entre venezolanos separados por continentes.

En una de las intervenciones más interesantes de la noche, Boris Bossio recordó una frase que resume el sentido del proyecto: “No es nostalgia; es memoria”.

La diferencia importa. La nostalgia suele idealizar. La memoria, en cambio, conserva. La nostalgia puede inmovilizar; la memoria permite comprender.
Y precisamente de comprensión trata el tercer volumen de la trilogía: Historieta de Venezuela, obra de Laureano Márquez y Edo, que ha demostrado durante años que la historia puede ser rigurosa, inteligente y divertida al mismo tiempo.

La noticia más relevante anunciada durante la presentación fue que el libro está siendo actualizado para incorporar los acontecimientos ocurridos después de 2018. No podía ser de otra manera. Venezuela ha vivido desde entonces algunos de los episodios más intensos de su historia reciente, y cualquier intento de explicar el país exige incorporarlos al relato.

Lo interesante es que la nueva edición mantendrá la filosofía que convirtió a la obra en un referente: acercar la historia al ciudadano común utilizando el humor como herramienta pedagógica.

En una época dominada por la velocidad informativa y las redes sociales, donde los acontecimientos se consumen y olvidan con una rapidez vertiginosa, estos tres libros cumplen una función que va mucho más allá de la divulgación cultural.

Son instrumentos
de transmisión
Permiten que quienes nacieron lejos de Venezuela comprendan qué significó José Gregorio para sus padres; por qué Ilan o Yordano siguen emocionando a varias generaciones o cuáles son los episodios históricos que explican buena parte de la realidad venezolana contemporánea.
Porque las naciones no sobreviven únicamente gracias a las fronteras. Sobreviven gracias a los relatos que son capaces de transmitir.

Y cuando esos relatos dejan de circular, cuando la memoria deja de compartirse, comienza el verdadero riesgo del olvido.

Quizás por eso esta trilogía resulta tan pertinente. Porque recuerda algo esencial: que la identidad no es una herencia automática. Es una conversación permanente entre generaciones.

Una conversación que, como demostraron Edo, Laureano Márquez y Boris Bossio en Madrid, todavía vale la pena seguir teniendo.
Y que, afortunadamente, cabe en tres libros.
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VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Editoría de Notitarde