Aunque resulte chocante o insólito, era una costumbre popular, incómoda para las autoridades religiosas y sostenida por comunidades que necesitaban, a su manera, una solución para morir en paz
Opinión.- Hay situaciones tan macabras que no se le habrían ocurrido al mejor cuentista de terror. Es cuando la realidad desafía a la imaginación. Tal es el caso de los devoradores de pecados o comepecados.
La tarea de estos personajes era muy simple pero espeluznante: tenía que comer pan y beber cerveza o vino, colocado sobre el cuerpo de un fallecido, con la creencia de que el pan y la bebida habían absorbido los pecados no confesados del difunto y, al tragárselos, el comepecados se llevaba toda la culpa dentro de sí mismo, liberando al muerto para su descanso eterno.
Este ritual fue común en Inglaterra y Escocia, se originó en el siglo XIII y se mantuvo, con altibajos, hasta su declive en el siglo XV. Aunque resulte chocante o insólito, era una costumbre popular, incómoda para las autoridades religiosas y sostenida por comunidades que necesitaban, a su manera, una solución para morir en paz.
El ritual funcionaba así: al morir alguien, se llamaba al devorador de pecados del pueblo. La familia colocaba pan sobre el pecho del cadáver y el comepecados recitaba unas palabras (una especie de letanía) antes de ingerir el pan y beber cerveza. A cambio de “comerse” los pecados del finado, recibía una paga de unas cuantas monedas, comida y a veces una jarra extra. Después, desaparecía tan rápido como había llegado.
Una vez cumplida su misión, el comepecados era marginado por todo el vecindario y tratado como un paria; irónicamente, el comepecados era un oficio necesario para la gente de la época pero, a la vez, socialmente rechazado. Los comepecados generalmente eran miserables, alcoholizados o indigentes, casi fantasmales, que vivían aislados de la comunidad. Aceptaban por necesidad un trabajo que nadie más haría.
En esencia, este ritual fue un mecanismo comunitario para gestionar el duelo, la culpa, las cuentas pendientes y la ansiedad religiosa… a costa de una persona real marcada por el estigma. Debió resultar un sistema muy útil, ya que cualquier persona podía cometer pecados sabiendo que, una vez muerto, algún desdichado asumiría el castigo que le correspondía.
Sin embargo, este ritual no resulta nada raro, ya que muchas culturas han imaginado mecanismos para transferir impurezas a un tercero, como el chivo expiatorio o las tradiciones de confesión y limpieza en otras religiones. Incluso, algunos antropólogos han señalado que al beber café, chocolate o licor en un funeral, cada gota que se bebe es un pecado que cometió el muerto. De ese modo, el bebedor libera al difunto de sus pecados y los carga sobre sí mismo.|