Por primera vez, un contingente de soldados se rendía ante un enjambre de drones y robots. Este conflicto nos obliga a revisar paradigmas, doctrinas y estrategias aplicables no solo al ámbito militar, sino también a la política y los negocios
Opinión. - El 13 de abril de este año la guerra Rusia-Ucrania dio un giro de ciencia ficción. Por primera vez, un contingente de soldados se rendía ante un enjambre de drones y robots. Este conflicto nos obliga a revisar paradigmas, doctrinas y estrategias aplicables no solo al ámbito militar, sino también a la política y los negocios.
Al fracasar el ataque “sorpresa” ruso, la guerra mutó de una de tipo relámpago a una larga de desgaste. Cuatro años después, ambos bandos exhiben las fisuras del deterioro. Rusia tenía todas las probabilidades de ganar a largo plazo esa guerra como, antes de sus respectivos enfrentamientos, parecían tenerla los árabes contra Israel y Goliat contra David. Los rusos superaban en masa a Ucrania y podían absorber las pérdidas de una guerra prolongada. Mientras Ucrania roza su techo demográfico de reposición, Rusia posee una profundidad poblacional cinco veces mayor que le permite absorber bajas en cantidades que para Ucrania serían pérdidas existenciales y tenían un equipamiento bélico varias veces superior al ucraniano.
Este cuadro favorable a Rusia se rompió cuando Ucrania cambió el tablero y el tipo de juego, mutando la asimetría cuantitativa en una asimetría tecnológica. Para ello, los ucranianos decidieron sustituir varios patrones seculares bajo control de otros por unos novedosos y enteramente bajo su control. En primer lugar, ante la imposibilidad de enfocarse en luchar con tanques, aviones y soldados, rubros en los que Rusia aventajaba, decidió crear un ejército de drones, robots y minas que sí podía manejar, lo que le produce una capacidad creciente de sustitución de soldados por operadores remotos de máquinas. Sus metas son las de sustituir un tercio de su ejército por este tipo de combatientes, lo que se traduce en un ahorro sustancial de vidas humanas.
En segundo lugar, elevó el nivel de pérdidas rusas por sobre las ucranianas a la proporción de 3:1 y ha reducido, en asaltos de alta intensidad, la esperanza de vida de un soldado ruso desde su ingreso a las líneas del frente entre 24 y 48 horas de vida en muchos casos. Más aún, ha obligado a los tanques y aviones rusos, que cuestan millones de dólares, a alejarse del frente de batalla por el riesgo de ser destruidos mediante equipos que cuestan apenas unos pocos miles de unidades monetarias. El desgaste militar es terriblemente más oneroso para Rusia. Finalmente, decidió llevar la guerra al territorio ruso, con lo que quebraba la promesa de Putin de que la misma jamás tocaría “el suelo sagrado de la Madre Rusia”. El clima de inseguridad entre la población va en crecimiento. Decidió atacar las redes ferroviarias, plantas siderúrgicas, fábricas de chips, de tanques, de aviones y de repuestos; es decir, todo lo que Rusia necesita para hacer la guerra.
Pero no es solo disminuir la capacidad en equipos militares, pues ha golpeado la industria petrolera haciéndole perder, en las estimaciones más conservadoras, cerca del 20 % de la industria, lo que afecta su flujo de caja y la sostenibilidad financiera de su esfuerzo bélico. Mientras Rusia se estanca en una guerra de posiciones en el frente, Ucrania libra una de aniquilación de capacidades en la retaguardia y una de contención en el frente. Guerra de precisión contra masa, de equipos caros contra baratos, de larga manufactura versus rápida construcción, de tecnología e inteligencia artificial contra fuerza bruta mecanizada. Ucrania ha inaugurado un nuevo tipo de guerra con el desarrollo de la primera Tecno-Infantería de la historia. Ucrania tiene una tecnología difícil de replicar en el corto plazo, una agilidad organizacional que no tiene Rusia y propósito existencial. Es un ecosistema, más que elementos puntuales.
La victoria no está asegurada hoy para ninguno a largo plazo, pero sea cual sea el resultado final, las lecciones impactan, además del ámbito militar, al de los negocios y la política.
La primera lección es que, en una competencia política o empresarial, si el enfrentamiento es asimétrico, la maniobra estratégica debe ser el cambio de tablero y de juego competitivo para anular, degradar o convertir en irrelevante el centro de gravedad del oponente. Blockbuster dominaba con “masa” (miles de tiendas físicas, activos pesados). Netflix cambió el tablero primero con el correo y luego con el streaming, convirtiendo las tiendas de Blockbuster en un lastre financiero. En lo político, Donald Trump en 2016 rompió la asimetría de recursos de los medios tradicionales y los grandes donantes mediante el uso directo de redes sociales y la saturación del ciclo de noticias. Cambió la competencia de quién gasta más en TV por quién domina el algoritmo de la atención.
Entre los factores que promueven la habilidad de gestionar el cambio de tablero está el nivel de compromiso existencial –Israel, China, Japón y Ucrania son ejemplos de ello-. También desarrollar la creatividad rompiendo los paradigmas dominantes. Solo haciendo las cosas de modo distinto se obtienen resultados diferentes.
@AsuajeGuedez
asuajeguedezd@gmail.com