De Lincoln a Kennedy: Ataques a presidentes de EE.UU. que sí terminaron en magnicidio
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De Lincoln a Kennedy: Ataques a presidentes de EE.UU. que sí terminaron en magnicidio

Han sido cuatro los máximos representantes del gobierno del país que han resultado asesinados en los Estados Unidos
27 de abril de 2026
Internacional.- A la tercera no fue la vencida. El pasado sábado, durante una cena de gala con los corresponsales de la Casa Blanca, el servicio secreto frustró un nuevo intento de asesinato contra Donald Trump: el tercero desde 2024. Casi dos jornadas después, el misterio se ha desvelado: conocemos el nombre y los apellidos del asaltante –Cole Thomas Allen– y hasta su profesión –maestro e ingeniero de California–. Ahora, en la calma tras la tormenta, podemos confirmar que el presidente ha tenido más suerte que otros tantos de sus colegas.

Desde Abrahan Lincoln hasta John F. Kennedy, han sido cuatro los máximos representantes del gobierno del país que han resultado asesinados en los Estados Unidos.


Abraham Lincoln

La noche del 14 de abril de 1865 comenzó de forma habitual para Abraham Lincoln, el décimosexto presidente de los Estados Unidos. Después de firmar el indulto de un espía confederado partió hacia el Teatro Ford, en Washington D. C., donde tenía previsto asistir junto a su esposa a la obra 'Our american cousin' ('Nuestro primo americano'). Aunque se retrasó, llegó sin problemas al edificio y subió al palco para disfrutar de la representación junto al mayor Henry Rathbone y su prometida. Una vez en su asiento, se relajó y se dispuso a disfrutar del espectáculo. La velada parecía tan tranquila que hasta su guardaespaldas acudió a un bar cercano para tomarse una copa.

Cuando las manecillas del reloj marcaban las diez y cuarto de la noche, se desató el infierno. En mitad del tercer acto, un disparo desconcertó al público. Los que alzaron la mirada pudieron ver que el presidente había caído al suelo tras recibir una bala en la parte posterior del cráneo. Se acababa de perpetrar un magnicidio. El más conocido de toda la historia de los Estados Unidos. Segundos después, y para asombro de los presentes, una figura se arrojó desesperada desde el palco. El tipo no era otro que John Wilkes Booth, el asesino. El salto le costó caro, pues sus espuelas se engancharon en una de las banderas colgadas y provocaron que se partiese el peroné durante el descenso.

"Después de atacar a Abraham Lincoln, Booth se lanzó bruscamente sobre el escenario. Luego gritó '¡Sic semper tyranis!' ('¡Así siempre a los tiranos!'). Otros afirman que también dijo que el sur había sido vengado. En todo caso, después se marchó mientras alguno de los presentes trataba de detenerle sin éxito. Era actor y adoraba ser el centro de atención, así que no quiso perder la oportunidad de que todos le conocieran", explica a ABC José Luis Hernández Garvi, divulgador histórico y autor de 'Magnicidio. Crónica negra de los presidentes asesinados en Estados Unidos' (Luciérnaga, 2018). Aquel fue su gran error. En lugar de marcharse sin armar barullo y aprovechar el desconcierto, Booth se dio a conocer a gritos y se destacó como la cara más reconocible de una operación orquestada durante semanas por varios conspiradores.

A partir de entonces, y durante doce días, el ejército de los Estados Unidos organizó una gran cacería humana que solo finalizó cuando un soldado acabó con la vida del magnicida a sangre fría y por la espalda. Todo ello, después de prender fuego al escondite en el que se hallaba. El mismo asesino dejó constancia de este periplo en su diario: "Después de ser perseguido como un perro por pantanos, bosques y la noche pasada ser perseguido por lanchas cañoneras hasta que me obligaron a regresar, calado, helado y hambriento y teniendo a todo el mundo contra mí, estoy aquí en un estado de desesperación". Al final, el ejército le cazó y acabó con su vida.

James A. Garfield

James A. Garfield, 20º presidente de los Estados Unidos, fue la siguiente víctima. Apenas unos meses después de que el pueblo norteamericano le alzase hasta lo más alto del poder político, ocurrió la tragedia. El 2 de julio de 1881, en pleno verano, el político se encontraba en la estación de Washington dispuesto a subirse a un tren cuando un perturbado se le acercó por detrás y le descerrajó dos tiros en la espalda. El loco era un tal Charles J. Guiteau, un abogado que había sido miembro de una secta religiosa y que había pronunciado discursos en favor del presidente cuando este no era más que un mero candidato.

"No hubo conspiración. En este caso el asesino fue un lobo solitario que actuó por su cuenta. Un desequilibrado que estaba convencido de que Garfield había conseguido la presidencia gracias a que había hecho campaña por él durante las elecciones. Cuando Garfield salió elegido, Guiteau trató de presentarse ante el ya presidente para exigirle un puesto dentro de la administración a cambio de sus servicios. El político, por descontado, no le hizo ningún caso. Guiteau se sintió entonces perjudicado y decidió que, como venganza, tenía que matarle por ser un desagradecido", desvela el autor de 'Magnicidio' en declaraciones a ABC.



El asesino, que no tardó en ser capturado, no se resistió a su detención. Se jactó de lo sucedido y se vanaglorió de haber sido él quien había acabado disparado contra el presidente. Así describió el magnicidio en un interrogatorio posterior: "Estaba aproximadamente a un metro de la puerta. Estaba de pie detrás de él, a más o menos un metro de distancia, en medio de la sala y, cuando se alejaba de mi, saqué el revólver y disparé. Se puso rígido y lanzó la cabeza hacia atrás en totalmente desconcertado. Parecía no saber qué le había ocurrido. Le miré, no se cayó en ese momento. Disparé de nuevo . Bajó la cabeza, pareció tambalearse y cayó". En los días posteriores también especificó que era un enviado del cielo y que "su eliminación fue un designio divino".

A partir de entonces comenzó la triste agonía de ochenta días de Garfield. Después de los disparos, el presidente fue subido a un colchón, sacado del tren y trasladado inmediatamente a la Casa Blanca. Allí los médicos se propusieron explorar la herida y extraer la bala del segundo disparo, el grave (el primero no había causado más que un rasguño). El objetivo era confirmar que, como creían, el proyectil se alojaba en la undécima costilla. El procedimiento era impecable, pero el problema fue en cómo se llevó a cabo debido a los escasos avances médicos de la época. Nada menos que dieciséis doctores diferentes introdujeron sus manos desnudas en el agujero abierto en la carne.

"Los métodos antisépticos que empezaban a utilizarse en Europa eran discutidos, cuando no directamente rechazados, por sus colegas americanos. Tampoco existían los antibióticos ni los aparatos de rayos X", desvela Hernández Garvi. Al final, los doctores llegaron a la conclusión de que no viviría mucho. Y vaya si acertaron, pero por su culpa. Durante su extensa agonía, la glándula parótida de la cara se le inflamó, lo que a la postre le paralizó la mitad del rostro. También empezó a supurarle el conducto auditivo y tuvo serios problemas en la mandíbula que le impidieron probar bocado. "Aproximadamente a las diez y media del 19 de septiembre de 1881, su corazón dejó de latir tras ochenta días de larga agonía", completa Hernández Garvi.

William McKinley

Eran días de júbilo. En 1901, EE.UU. celebraba la Exposición Panamericana de Búfalo; un evento en el que se presentaban novedades como la corriente alterna de Tesla. El evento era importante, vaya. Lo bastante como para que el presidente William McKinley se trasladara a la ciudad para visitarlo y pasar unas jornadas en la zona. Lo que no sabía es que aquel viaje sería el último. El político llegó a la ciudad de la mano de su mujer el 5 de septiembre para pronunciar un discurso sobre el comercio exterior. La tragedia sucedió una jornada después, mientras se daba un baño de masas en plena calle, rodeado de gente y sin apenas seguridad. Una pésima idea.

Todo iba bien hasta que McKinley llegó al Templo de la Música, a eso de las cuatro de la tarde. Mientras paseaba entre la multitud, un hombre se le acercó: era el anarquista Leon Czolgosz, como se descubrió poco después. Cuando estuvo a una distancia prudente para no fallar, el asaltante alzó el revólver que llevaba escondido bajo un pañuelo y disparó dos veces al presidente. Fueron dos truenos que enmudecieron al público. El primer tiro le dio en el hombro; el segundo fue el mortal, pues tocó el estómago, el colon y un riñón. Para colmo, los médicos no tuvieron forma de sacarlo de su cuerpo.

Czolgosz fue capturado y condenado a la silla eléctrica, pero para el político ya era tarde. Tras una breve convalecencia, falleció el 14 de septiembre.

John F. Kennedy

"Ayer, a las 12:00 (7:00 de la tarde, hora española), el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, John F. Kennedy, fue víctima de un atentado en Dallas (Tejas)". Con estas tristes palabras informaba ABC, el 23 de noviembre de 1963, del atentado perpetrado contra uno de los políticos más queridos por el pueblo estadounidense. "El presidente falleció una hora después en el hospital Park Land. Presentaba dos heridas, una en la garganta y otra en el cerebro, probablemente producidas por el mismo proyectil", completaba el diario. Todo ello, bajo un titular tan sencillo como directo: «Murió asesinado Kennedy». Fue el último magnicidio hasta la fecha.



Aquel atentado, ocurrido mientras John F. Kennedy se daba un baño de masas en un vehículo descubierto, conmocionó a la sociedad. Y más, a sabiendas de que sus asesores habían aconsejado al político no pisar la ciudad por seguridad. Pero el presidente estaba decidido a dar un controvertido discurso esa misma jornada en el que hacía referencia a temas vitales como la importancia de la potencia nuclear del país, la necesidad de seguir defendiendo la nación contra la "agresión comunista" o –como a los amantes de la conspiración les gusta recordar– la importancia de explorar el espacio exterior.

Según la crónica, «el atentado se produjo en la Plaza Dealey cuando Kennedy, en coche descubierto y acompañado de su esposa, Jacqueline, y por el gobernador de Tejas, John B. Connally y su mujer» se dirigía del aeropuerto de Dallas al centro de la ciudad para almorzar con un grupo de senadores. "La capota del coche presidencial acababa de ser bajada momentos antes del atentado", escribió el diario. Una ventaja para posibles tiradores, pero el político anhelaba que aquellos que se hubieran congregado para recibirle disfrutaran de su presencia. Lo cierto es que adoraba a las masas. Cuando los disparos se escucharon, "Kennedy cayó de bruces en el asiento trasero". Y no fue el único. "Connally también resultó alcanzado por dos disparos en el pecho, y su cuerpo se desmoronó al lado del presidente", desveló ABC.
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VÍA NT
FUENTE ABC