El pueblo venezolano no solo demostró la grandeza de su corazón, sino también la fuerza indomable de la unión en un momento de necesidad extrema donde la única esperanza real era el esfuerzo humano
Carabobo.- Eran pasadas las seis de la tarde del 24 de junio, un día de fiesta nacional en el territorio venezolano. Las calles de La Guaira y del resto del país se sentían desiertas en comparación con los demás días de esa semana. Un joven llegaba a su casa luego de una larga jornada de trabajo en la panadería; otro descansaba en su cama tras tomar su dosis de medicamento para los nervios; en la comunidad de Boca de Aroa, las personas se resguardaban para cenar y compartir en familia tras un día de pesca... cuando, a las 6:04 p. m., la vida de miles de venezolanos cambió para siempre.
Un movimiento telúrico sacudió, con ferocidad, a más de tres estados de la región central del país, dejándolos, casi de inmediato, sin energía eléctrica. Las primeras alarmas resonaron en los estados menos afectados; desde la región andina, madres y padres hacían vibrar las líneas telefónicas en un intento desesperado por comunicarse con sus hijos. Los mensajes salían sin respuesta inmediata y la incertidumbre carcomía el corazón de las familias venezolanas. En ese instante, muchos no lo sabían, pero el país entero ya vestía de luto por miles de pérdidas.
En la ciudad de Valencia, el servicio eléctrico comenzó a restablecerse progresivamente hora y media después del sismo. Las mentes de quienes no tenían familiares en las zonas afectadas no terminaban de asimilar la magnitud de lo acontecido. Sin embargo, al amanecer del 25 de junio las redes sociales, los medios de comunicación y los estados de WhatsApp comenzaron a inundarse de fotografías de personas desaparecidas y de mensajes cargados de dolor y sentimiento nacional.
Los centros de acopio se activaron de inmediato para recaudar insumos y recursos destinados a los damnificados. Decenas de voluntarios se movilizaron hacia las zonas más golpeadas cargando herramientas de demolición para sumarse a la titánica labor de mover los escombros de los edificios colapsados.
Los voluntarios y periodistas que visitaban los puntos más críticos —definidos para ese entonces en Morón, Tucacas y La Guaira— solo hablaban del inmenso dolor colectivo que embargaba a la nación. Múltiples imágenes se viralizaron en las redes: personas de a pie, con el torso desnudo, moviendo pesados bloques de concreto con sus propias manos, o amarrando escombros a sus vehículos para intentar despejar el paso.
Durante esas horas de angustia, el pueblo venezolano no solo demostró la grandeza de su corazón, sino también la fuerza indomable de la unión en un momento de necesidad extrema donde la única esperanza real era el esfuerzo humano.
Historias de dolor, milagros y supervivencia entre los escombros
En el estado Carabobo, específicamente en el municipio Guacara, Adonías Díaz llegó dos días después —el 27 de junio— a la casa de su hermana, luego de que esta viajara hasta los restos de las residencias Oda 2, en La Guaira, para rescatarlo. Díaz perdió a su madre, a su tío y a dos de sus hijos en el instante mismo del terremoto. Sin embargo, en medio del colapso, logró tomar a su pequeña hija por los brazos y estrecharla contra su pecho mientras la estructura se venía abajo. Cuando pudo abrir los ojos, no vio absolutamente nada; solo sentía a su hija en brazos, que aún se movía. Una reducida distancia de apenas ochenta centímetros separaba lo que quedaba del techo de su rostro y del de su pequeña. Fue allí cuando sintió el llamado divino.
“No me consideraba una persona precisamente religiosa o practicante, pero en ese momento sí sentí que Dios fue quien permitió que yo sobreviviera”, explicó en una entrevista para Notitarde.
Al otro lado del muro, Adonías escuchaba los golpes que su madre daba a la pared en señal de vida. Lo más devastador para él fue cuando, tras varias horas de angustiosa espera, dejó de escucharla, sabiendo en lo más profundo de su alma que su madre —a quien él mismo define como su “fuerza y sustento”— ya no estaba en este mundo.
Díaz fue rescatado de entre los escombros tras quince largas horas de agonía. Relató que varios funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), junto a miembros de la Guardia Nacional, lograron sacarlo con vida. Actualmente se recupera mientras recibe atención médica y psicológica.
Entre las zonas más castigadas de Morón, la comunidad de Colinas de Pequiven quedó severamente golpeada. El terremoto dejó a su paso no solo escombros y estructuras destruidas, sino a familias enteras sumidas en dolorosas pérdidas materiales. Tal es el caso de Royman Colina, uno de los propietarios de las viviendas que sufrieron un colapso total en la calle 3.
Tras recibir la atención técnica y asistencia de las autoridades, Colina fue censado y se encuentra a la espera de ayuda, ya sea para la reconstrucción de su hogar o para ser reubicado, debido a que el terreno donde reposaba su casa quedó inhabilitado.
“Yo era uno de los propietarios de las dos viviendas que colapsaron aquí en Colinas de Pequiven, en la calle 3. Ya fuimos censados y estamos a la espera de ver qué ayuda nos pueden brindar. Según los estudios realizados por los expertos, el terreno no está apto para la construcción, por lo que no es posible que nos otorguen un kit de vivienda en este mismo punto”, detalló Colina.
Por otra parte, en una de las zonas más devastadas del estado La Guaira, específicamente en la parroquia Caraballeda del municipio Vargas, Yesid Espinoza, un abnegado padre de familia, enfrentó la pérdida de su hijo de 19 años, quien al momento del sismo se encontraba estudiando para presentar un examen parcial de ingeniería.
Espinoza relató que, tras el movimiento telúrico, él y varios vecinos se trasladaron de inmediato al apartamento donde su hijo estudiaba junto a un amigo. Luego de una extenuante y desesperada jornada de trabajo ininterrumpido, lograron rescatar el cuerpo sin vida de su hijo al día siguiente del doble terremoto. Desde ese instante, este padre no ha cesado su labor como voluntario, removiendo escombros y ayudando a rescatar a otros en la zona afectada.
“Yo le prometí a Dios que si lograba sacar a mi hijo entero, continuaría ayudando a quienes lo necesiten y sacando a personas de los escombros. Y eso es lo que estoy haciendo. No encuentro paz para estar ahorita en mi casa; la verdad, no la tengo”, manifestó Espinoza a seis días de la tragedia.
El llamado a la unión y la reconstrucción nacional
En medio de la profunda crisis que atraviesa el país, la voluntad y la entereza del pueblo venezolano quedaron al descubierto, enviando un poderoso mensaje de esperanza sobre la reconstrucción de una nación fuerte.
Con el fin de comprender las principales afectaciones y, al mismo tiempo, las fortalezas de la sociedad para impulsar la reconstrucción, conversamos con el empresario y presidente de la Cámara de Industriales del estado Carabobo, el señor Luis Rossi Bravo, quien profundizó en los pasos a seguir para la recuperación social de Venezuela.
“Esto que vivimos por el terremoto nos enseña que no puedo ir por mi lado solo porque soy empresario. Aquí todos somos parte de algo más grande... que se llama Venezuela”, expresó con profunda emoción.
Asimismo, aseguró que las dificultades que ya arrastraba el país se vieron intensificadas por el terremoto, pues este dejó al desnudo las vulnerabilidades sociales y políticas de la venezolanidad. Señaló que la “confianza” es la clave para que todas las instituciones, independientemente de su sector, colaboren activamente en este proceso.
Por su parte, desde la Alcaldía de Valencia, representada por Yerloy Palacios, se hizo un llamado a no detener la ayuda para los más necesitados y golpeados por la tragedia a través de donaciones y del trabajo voluntario en los centros de acopio.
“Acá en el centro de acopio de la Alcaldía de Valencia, ubicado en la sede de los Bomberos, no nos detenemos en nuestro compromiso de seguir recibiendo ayuda para apoyar a los damnificados por el terremoto”, sostuvo.
Un pueblo de pie frente a la adversidad
A un mes del doble terremoto, el pueblo venezolano guarda silencio y baja la cabeza en señal de respeto por todos aquellos hermanos que perdieron la vida bajo los escombros. Más allá de posturas políticas o creencias religiosas, hay algo profundo que nos une: una misma tierra, una tradición y una sola voz.
La reconstrucción del país renace desde cada corazón y desde cada trinchera de trabajo. Cada granito de arena, sumado por los diferentes sectores de la sociedad venezolana, responde a un solo propósito: levantar al hermano caído. Hoy más que nunca demostramos que, por encima de cualquier adversidad, tenemos la razón más grande para sentirnos orgullosos: ser venezolanos.